de Krystal Pabón

La había visto ya hace unos días.  Andaba con el cabello todo revuelto, sucia y vestida de blanco.  Un blanco extrañamente apagado.  Sombrío.  Sus ojos grandes color canela solo observaban una cosa: sus manos.  Aquellas manos que un día le dieron de comer.  Le recordaban dónde había estado, por cuanto tiempo.  Se miraba cada detalle de ellas, desde los lunares a punto de desaparecer por completo, hasta sus venas verdes en su piel transparente.  Se la pasaba así durante todo el día, sin decir una sola palabra.  La había visto ya hace unos días.  Esta vez con los labios rosados, su pelo castaño arreglado y su traje blanco; siempre blanco.  Miraba sus pies.  Aquellos pies que alguna vez la llevaron a lugares donde nunca  antes había pensado estar.  Delicados, fríos y transparentes; siempre transparentes.  La había visto ya hace unos días.  Estaba como buscando algo.  Una piedra negra se le atravesó en el camino y tomándola miró a su derecha.  Un reloj de arena se hallaba allí pintado en aquel lugar extraño que no puedo describir.  Miró las venas de sus manos, la transparencia de sus pies y emprendió su viaje de vuelta al tiempo.  De pronto, una ráfaga de viento y gritos por doquier la llenaron de desesperación y desconfianza.  Todo se movía.  El reloj no avanzaba.  La angustia aumentaba.  La había visto ya hace unos días.  Abrí la puerta de mi baño y la encontré allí parada, justo frente al espejo.

 

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