de Félix Meléndez 

“la táctica es un arte del débil.”

Michel De Certeau

“ser moderno terminó significando,

como en la actualidad, ser incapaz

de detenerse de quedarse quieto.”

Zygmunt Bauman

          ¿Es la pecera promesa o condena? ¿Hasta cuál de sus límites alcanza la diminuta nariz de los individuos? ¿Sabe el pez del agua que lo habita? ¿Sabrán del aroma que navega por las calles? Siempre el olor a salitre en los cuentos de las islas. Y la entrega de la vieja ciudad en seis relatos. Así dialoga Manolo Núñez Negrón con una tradición, impregnando en los blancos adoquines de sus páginas, una nueva forma de decirla. Su más reciente libro Comida de peces, forma parte de la Serie Literatura Hoy del Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2016. Es esta una nueva cartografía de la ciudad cuyo pasado relata su violencia. Hay encerrados una gama de seres que conspiran para sobrevivirse. Hay, porque siempre hay, espacios para la nostalgia, en tanto y en cuanto ésta no detenga el orden establecido, ni el sellado destino de algunos de sus integrantes.

El mapa concreto y literario que formulan los textos está descrito en la reseña de Efraín Barradas que apareció en el periódico digital 80 grados. Para el crítico, “el texto representa, entre otras cosas, una visión crítica y, a la vez, una aceptación de la herencia narradores anteriores.” ¡Y cuán atinado! El encanto de la magia no está en reconocer el lugar desde donde surge el truco, sino el modo y el deleite por el cual nos crea el transporte. A la pregunta que hace el crítico, “¿cómo se las arreglarán los lectores no puertorriqueños para entender esas narraciones tan marcadas, hasta determinadas, por un espacio muy concreto, muy específico?”, vale preguntarse, ¿cuán distinto es el sabor del desvelo y la desdicha en los que sufren? ¿cuán distinto es el individuo que mata a otro cuando las condiciones son espejos? Sí, la ubicación del espacio en el contexto fuera del cuento otorga un aire de realismo, una certeza de que también nosotros lectores, existimos en una narración que alguien más contará, pero no es la antigua ciudad amurallada la que pulsa, sino las voces de los que devienen en ella. Entonces el encanto puede ser colectivo, pues compartimos una misma ciudad, en la que Núñez Negrón es el Arquitecto.

Basta un nombre para sellar el destino. Comida de peces es entonces el augurio de las dialécticas que atravesará el texto, cazador-presa, superficie-subterráneo, vida-muerte. ¿Qué es lo que queda más allá de la violencia? ¿Qué la posibilita? ¿Cuánto se dialoga con las Keres? Detenerse es perecer. La quietud es la virtuosa cicatriz de los que ya no laten, pero llagan en la consciencia de los que continúan. “Mil maneras de hacer/deshacer el juego del otro, es decir, el espacio instituido por otro, caracterizan la actividad, sutil, tenaz, resistente, de grupos que, por no tener uno propio, deben arreglárselas en una red de fuerzas y de representaciones establecidas.” (22), se acomodan a perfección las palabras de Michel De Certeau en su libro La invención de lo cotidiano. No es posible para ninguno de los personajes el sosiego. Estamos siempre en carrera ya que es elusiva la promesa que nos destina una vida libre de problemas. Carrera que, según Zygmunt Bauman en Modernidad líquida “no tiene fin: tiene línea de largada, pero no de llegada. Así, seguir corriendo, la gratificante conciencia de seguir en carrera, se convierte en una verdadera adicción, y no en el premio que esperan aquellos que crucen la línea de llegada.” (78) Cada individuo propone hacer de su cotidianidad una soportable, escamoteando en los intersticios del sistema.

En el relato que abre el libro asistimos al desarrollo de una amistad entre dos hombres que no pertenecen al mismo estatuto social y cómo las condiciones de “Repollo”, irónico nombre del pícaro, hacen que le haga honor al título. Sin embargo, las distancias en la separación de clase establecidas por la oligarquía monetaria no logran vencer el vínculo que crean estos seres, quienes deciden dónde depositar sus lealtades:

“[Repollo] hacía trampa en todo: marcaba las cartas, ocultaba los dominós, alteraba los dados y, para mi sorpresa, conmigo evitó incurrir en esas minúsculas deslealtades. Comprendí, de adulto, que eran tácticas de supervivencia: se movía en un universo regido por otras reglas.” (“Comida” 18)

Se sienta en este primer cuento el ambiente que cargará el libro. Más allá de la evidente violencia, palpita la complicidad en cada vuelta de página.

El individuo que transgrede el sistema adquiere la voz necesaria para contarse y ser escuchado, por eso en “El catador” un profesor narra un pedazo de su historia, donde se ve en la necesidad de aceptar una oferta para un trabajo de enormes remuneraciones, oferta que altera el rumbo de sus pasos. ¿Quién no ha pensado en un momento dado que lo excitante de la vida está fuera del orden? Si “el orden significa monotonía, regularidad, repetición y predecibilidad” (Bauman 61) entonces estos personajes andan en búsqueda de libertad y calor. ¿Qué lleva a este académico a decidir como decide? Descúbralo. Pero tome en cuenta que, como dice el personaje “la gente normal no se deja meter las cabras por un diploma. La gente normal se deja meter las cabras por dinero.” (31) o más adelante “yo también me contagié con el virus de la opulencia” (35), y descubrirá la mentalidad de estos actantes. Más no culpemos a los personajes ya que “la libertad sin precedentes que nuestra sociedad ofrece a sus miembros ha llegado acompañada de una impotencia también sin precedentes” (Bauman 29), y las posibilidades de los actantes se ven reducidas a la dicotomía pobreza-legalidad vs riqueza- ilegalidad.

Llegamos a la mitad del libro, y “Cocktail” explora otro ritmo, pero también retoma las ideas trabajadas en los cuentos previos. Este es el cuento del cuento sobre lo que sucede con el cadáver de un turista que “se puso fresco” (44) con una agente del placer. De los tres relatos que surgen dentro de la narración principal ¿hay alguno que será cierto? Más allá de eso, ¿qué mueve al que se convierte en cómplice a actuar como lo hizo conociendo las consecuencias? El personaje principal lo descubre, el lector puede intuirlo. Si en lo riesgoso del presente donde el futuro es incierto, donde “fijarse objetivos remotos, sacrificar el interés individual en pos de acrecentar el poder grupal y sacrificar el presente en nombre de la dicha futura no resultan una propuesta atractiva ni sensata” (Bauman 173), entonces podemos aprehender las palabras finales del personaje principal: “yo comprendí, abriendo la cajetilla de cigarrillos, observando las mesas vacías de la plazoleta a través del cristal, que cada cual está abandonado su suerte y que la única manera de vivir en paz es darle fóquit a la culpa.” (51)

Ese mismo eufemismo es el que atraviesa las tres últimas narraciones. En “Azúcar morena” y “Polaroid” el personaje principal se ve en la necesidad de salir del “retiro” callejero: “lo admito: tengo mi historia, a los santos los encuentran en el Almanaque Bristol. En su momento corté cocaína, me dediqué al robo de tarjetas de crédito, a correr una banca de apuestas clandestinas y a falsificar actas de nacimiento. Incluso tuve una época exitosa de carterista” (“Azúcar” 59), en el caso de “Polaroid”: “El encargo me cayó de sorpresa. Hacía mucho no me procuraban. Me había convertido, contra mi voluntad, en una reliquia, en un cachivache… no hay que darle cráneo: es preciso florecer allí donde el destino nos ha puesto.” (62-63) Los personajes de ambas historias, saben que una vez han recibido la paga es momento de convertirse en victimario y no víctimas de su fracaso. También saben, que para ejecutar su recado tienen que develar el secreto detrás de sus objetivos. Que seamos incapaces de advertir la estructura no implica su inexistencia. Todos llegamos a repetirnos ya que “gracias a la monotonía y a la regularidad de patrones de conducta recomendados, inculcados y compulsivos, los humanos saben cómo actuar en la mayoría de los casos” (Bauman 26), creamos una rutina incuestionada porque nos sentimos cómodos ejecutándola. El humano es un animal de eco y costumbre.

Cierra la colección un texto cuyo título sólo se representa en imagen “++”, explora la violencia desde las estructuras de poder. Se trata en este caso de el único personaje que se encuentra trabajando directamente con la “justicia”. También este relato detalla la rutina, mas no solo la de la oficial que es contada, sino la costumbre del decir, “las malas lenguas” en nuestro contexto. “Cuando la escritura elitista utiliza al locutor “vulgar” como disfraz de un metalenguaje sobre sí misma, deja surgir igualmente lo que la despoja de su privilegio y la absorbe furiosamente: el Otro que ya no es Dios ni la Musa, sino lo anónimo.” (De Certeau 6) y bajo el anonimato no hay jerarquías ni estructuras, es la máscara, neutra herramienta de la ironía que nos permite adentrarnos en las fisuras del sistema. En cada historia, y sobre todo en ésta última, nos cuestionamos la veracidad de lo contado (mas no su verosimilitud): “puede que sea un chisme, pero a mí me lo contaron…la historia varía: unos insisten en que le dieron un tiro de gracia…los menos, que el tipo era un asesino a sueldo… la versión más difundida, acá en la soledad del bosque…” (“++”, 72-73) No importa la versión de la historia que sea cierta, sino la violencia (oral y física) tras ella, pero más relevante aún, es el sentimiento intrínseco y sutil del que busca un atajo para la compañía y el bienestar.

Según los postulados de De Certau, “la táctica se encuentra determinada por la ausencia de poder, como la estrategia se encuentra organizada por el principio de un poder.” (Invención, 44) Así, la estrategia sólo es posible desde las esferas del poder ya que procuran estructurar el orden social. Las estrategias son el aparato regulador del sistema establecido, que, aunque pueden ser mutables, se caracterizan por estar definidas. Al individuo que carece de poder tiene que aferrarse a la práctica del escamoteo, “en los lugares mismos donde impera la máquina a la cual debe servir, el trabajador se las ingenia para darse el placer de inventar productos gratuitos destinados únicamente a expresar, por medio de su obra, una pericia propia y responder, por medio de un gasto, a las solidaridades obreras o familiares.” (De Certeau, 31) La obra de los personajes de Comida de peces es fungir de emisarios de la muerte, el que no la provoca, la cuenta: “un asesino de primera línea, un asesino con papeles, un asesino de usted y tenga, es sobre todo un artista” (64) nos dice en “Polaroid” el personaje principal.

Queda delatado en el estilo, la tradición literaria que acompaña a este autor, no me refiero a los autores locales, a quienes Barradas alude, sino a la tradición humorística que han aprendido los escritores latinoamericanos de los clásicos burladores españoles. Las narraciones en primera persona nos recuerdan al Lazarillo, cada uno de los relatos los narra alguien consciente de que está ejerciendo el ejercicio de creación de realidad mediante lo narrado. ¿Qué narración en primera persona está libre de los escepticismos de sus lectores?  Es el único espacio que tienen estos individuos para contarse, o ser contados. Si el hombre ordinario no está reflejado en el texto, éste “ofrece en representación el texto mismo, en el texto y por medio del texto, y acredita además el carácter universal del lugar particular donde se contiene el discurso demencial de una sensatez sabia.” (De Certeau, 6) Tal como los personajes tragicómicos de las comedias clásicas, estos personajes se las buscan, o tienen que siempre andarse buscándoselas, o dicho de otro modo, tienen que siempre andar detrás del “joseo”.[1]

Cerrado el libro subsiste la metáfora. ¿Quién es la comida o quién el que alimenta? Es la sed de los que sólo conocen lo salado la que más hondo cala. Es el hambre enemigo acérrimo de la alegría. ¿Cuáles hambres satisfacen los personajes en cada una de las historias? Rescatemos una última sentencia, importante, como varias de las que hay en los cuentos, en “El catador” dicta el personaje “al final, lo que jode del narcotráfico es que los pobres se las están buscando y tienen éxito.” (37) En el escamoteo de los actantes en los relatos hay un elemento que damos por sentado. No es posible trasgredir exitosamente sin la complicidad. Sin el silencio ni la mano del otro no puede el individuo hacer uso de las tácticas a las que no tiene acceso el poder. Es así como en Comida de peces la violencia no es sólo violencia, sino que se transforma en la forma de sentir cercano al otro, de tener el calor de una mano que nos reconoce.

Notas al calce:

[1] Anglicismo acuñado por los hispanohablantes que viven en EEUU, el cual han adaptado a su vez los puertorriqueños en el país y que proviene del término “hustler” que se refiere a alguien que sabe cómo hacer/ obtener dinero del otro por diversos medios, vendiendo drogas, apostando, robando, etc.  En “Azúcar morena” se confiesa el personaje “soy un joseador, pero tengo escrúpulos.” (59)

 

Bibliografía:

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. (2000) traducción de Mirta Rosenberg. Fondo de                   Cultura Económica, México, 2003. Impreso

Barradas, Efraín. “Volver a esa ciudad llamada San Juan”. Reseña a Comida de peces. 80                         grados, 20 de enero de 2017. Web.

De Certeau, Michel. La invención de lo cotidiano: I Artes de hacer. (1979) traducción de                              Alejandro Pescador. Universidad Iberoamericana. México, 1999. PDF

Núñez Negrón, Manolo. Comida de peces. Instituto de Cultura Puertorriqueño, San Juan.                      2016.

 

 

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