de Naru Bonilla 

Lo trajo el mar para cambiar el destino de la joven taquígrafa. Llegó una fría mañana a la oscura oficina y ocasionó un revuelo entre los empleados. Tenía un cigarro en los labios, un elegante traje azul y un sombrero gris. Felipe era alto, de paso firme, distante, recio y parecía tener el control del mundo en sus ojos verdes. Mercedes lo observó con timidez mientras saludaba a los banqueros. Sus ojos; almendrados y negros, no dejaron de mirar al caballero mientras este caminaba a la oficina.

Felipe se encerró con los tres banqueros. Cada vez que regresaba a Nueva York debía hablar con esos hombres, quienes lo ponían al tanto sobre el petróleo y las acciones de la compañía. Ella los observaba desde su escritorio, su jefe al que nunca había visto, la intrigaba.

Entraba poca luz por las ventanas y la eléctrica era muy tenue. Ella no se acostumbraba al bullicio de Nueva York. Añoraba las mañanas frías del campo y las tardes calientes. Deseaba escuchar el canto de los gallos al amanecer y el de los coquíes al llegar la noche. Se le rompían los sueños sentada en esa esquina, escribiendo palabras que tenían sentido, pero carecían de vida. Mercedes agonizaba y nadie podía notarlo. La invadía la tristeza cuando pensaba que perdería la juventud encerrada en ese edificio, escuchando el paso de los trenes elevados por la ciudad. Afuera había vida; era efímera e insulsa, pero era más de lo que ella tenía mientras tecleaba a la luz de una lámpara grotesca.

La mañana transcurrió como si nada. Cómo si Felipe no hubiera golpeado con sus ojos a Mercedes aun sin mirarla. Sus dedos temblaban al tocar las teclas y transcribir los documentos que luego serían leídos y tocados por ese hombre. Al terminar apagó la lámpara, tomó su abrigo y caminó lentamente por el pasillo. Los almuerzos en la gran ciudad no eran como en la Isla. Ella prefería salir y comer con su madre en el pequeño apartamento. Observó a las mujeres en la calle con los trajes holgados y los sombreros pequeños que parecían pegados a las cabezas. Los collares largos de perlas falsas y los abrigos entallados atrajeron la vista de la joven. Algunas reían y fumaban coqueteando al caminar; mientras otras pasaban por su lado sin notarla, con la vista perdida y sus pensamientos inmersos en preocupaciones. El ruido podía ser aturdidor. Era una mezcla de gritos, las máquinas de las construcciones y los trenes. No había otra forma de sentirse un poco a salvo que cruzando el portal del edificio donde vivía y la esperaba su madre con un plato de caldo caliente. Era el único rincón de la ciudad que sentía suyo y ni así olvidó la paz y belleza del campo.

Le esperaba un día largo, quizás el más largo de sus dos décadas. Al regresar miró el cielo. Era mustio y sin ilusiones. Caminó más rápido ya que quería regresar a la oficina para ver a don Felipe. No había sentido algo igual, por su cuerpo corrían sensaciones que la alejaban de la niña y la acercaban a la mujer pasional que sería más tarde. Tenía calor, pero estaba consciente de que hacía frío. Entró al rascacielos que seguía igual a cuando salió: opaco y triste. Subió las escaleras, cruzó el pasillo, encendió la lámpara y se sentó lo más cómoda que pudo para observar a ese hombre que permaneció inmutable en la oficina oscura.

Así avanzó la tarde; él en la oficina controlando el mundo y ella en el pequeño escritorio tratando de mantener la vista en la máquina de escribir Hammond. Mercedes estaba inquieta, jadeante, cuando Felipe se levantó de su silla, abrió la puerta, caminó hasta ella y la llamó Clara. ¿Quién era Clara? En ese momento no le importó, la voz de él le entraba por los oídos y le salía por la piel. Lo tenía enfrente, sonriendo, mirándola con sus hermosos ojos verdes. Ella no supo qué decir, pero pensó que, si Clara llamó la atención de Felipe, entonces Clara sería su nombre.

Él le dijo algunas cosas en un español torpe, que aprendió por su herencia latina. El sentirlo cerca por primera vez luego de haber pasado gran parte del día deseando tenerlo así, le alteraba los sentidos. Los gestos de él eran gentiles y fríos. ¡No podía imaginar lo que causaba dentro de esa joven! Luego de unos minutos entendió que Mercedes (su Clara) no lograba comprenderlo y para simplificar el asunto escribió en un papel su dirección y se la dio a la joven. Al hacerlo la miró fijo a los ojos y le rozó intencionalmente la mano. Mercedes no reaccionó, se quedó quieta y pensativa durante varios minutos, hasta que luego de un profundo suspiro consiguió el valor para leer la nota.

La joven perdió el control. Cometió más errores ortográficos esa tarde que los que había cometido en toda su vida. Sentía que el corazón latía a prisa y que la piel se erizaba a pesar de sentir calor. Peleaba con sus manos inquietas que olvidaban las teclas para arreglar el cabello, con las piernas que no dejaban de moverse y en varias ocasiones estuvo a punto de comerse las uñas. ¡Era un martirio delicioso estar así!

La noche llegó para rescatarla y mostrarle su destino. Mercedes moría y ese apuesto caballero no alcanzó a notarlo. Se despidió de ella tan tranquilo que la horrorizó. ¿Cómo podía arder una mujer mientras el causante continuaba tranquilo? Al salir descubrió que era una noche sin luna y ese era un mal presagio para los futuros amantes. Algunos hombres se dirigían a los sótanos para escapar un rato de la Prohibición. Había en el aire una mezcla de alegría y pesadumbre. Detuvo un taxi y le entregó la nota al conductor. Miraba con asombro la ciudad, las calles y sintió miedo. Era un miedo raro, uno nuevo que intentaba descifrar. El taxi se detuvo y Mercedes, en un arranque que acabó con su agonía, dejó de existir para darle vida a Clara. Entonces bajó del auto y se encontró frente a un “castillo”. ¡El castillo del príncipe don Felipe! Le pidió al conductor que la esperase. Vio la hermosa mansión en lo más alto de una loma y un portón que tenía escrito el nombre del lugar: Villa Lair. Reconoció el miedo, era miedo a amar y que ese amor no fuera cómo en sus pensamientos. Miedo a una realidad capaz de aniquilar cualquier fantasía. Titubeó un poco, pero subió al taxi dispuesta a no volver. Se sintió incapaz de amarlo como amaban las mujeres comunes. En cambio, quería entregarse al frenesí del amor y la poesía. La seducía el encanto de una pasión ardiente, pero efímera, siempre efímera.

Clara limpió tres lágrimas que se paseaban por su rostro. No quería ser mujer, sabía muy bien que ella nació para ser poesía. De camino a su apartamento tomó una decisión que cambiaría su vida. Esa noche murió Mercedes y nació Clara Lair.

 

 

 

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