de Yshamarie de Jesús

 

Ya es tarde pero no logro dormir. Mi cuarto es un gran desastre como lo es mi cabeza. Cierro los parpados pero se me vuelven a abrir como los ojos vigilantes de un búho. Enciendo la pipa y trago el humo de las hojillas encristaladas que exhalan mi ansiedad y mis ganas de pegarme un tiro de vez en cuando. Hace más de un año que murió, pienso. El tiempo es un sujeto enmascarado que altera espacios y linealidades. El tiempo me voló el sentido de entendimiento hacia una realidad convulsa y violenta. Hace más de un año que murió, repito en mi cabeza. Una risa que ya no está más en el mundo. La muerte es como un globo que escapa al cielo y estalla.

Me levanto de la cama y decido ir a comprarme un cigarrillo sin importar que sean las dos de la mañana. En Rio Piedras, frente a Doña Ana, la dominicana casi dueña de la avenida, los viejitos te los venden a sesenta centavos o setentaicinco, dependiendo de si te gustan Winstons o Newports, yo prefiero los Winstons. Me pongo cualquier ropa y salgo de mi cajita de fósforo que aún no sé cómo no se enciende y enciende la torre completa en donde vivo. Miro la trastera y pienso que debería fregar porque hay una peste indescifrable. Decido ignorar la peste y me aseguro de coger las llaves, y es que odio ir a la oficina de la residencia universitaria a buscar la copia, han sido muchas las veces que me he quedado afuera incluso en toalla y es incómodo.

Ahora espero el elevador que tarda demasiado, aunque hay asientos en los que te puedes sentar a esperarlo como si fuera la guagua pública. Al fin llega. Al entrar me encuentro con otro nocturno fumador como yo. Nos bajamos del elevador y caminamos juntos hacia Doña Ana, siguiendo la Avenida Universidad hasta llegar al corillo de mujeres que vende cigarrillos porque son las únicas disponibles a esta hora. No me gusta tanto comprarles porque nunca te devuelven el cambio y para colmo, le quitaron el negocio a la señora en silla de ruedas que todos llaman La abuelita. Vendía cigarrillos y pasto de vez en cuando, pero estas mujeres le arrebataron el negocio. No hay ganancia sin quitarle nada al otro. Ver eso quiebra por dentro. No quiero ser así.

La abuelita estaba enferma, hace tiempo que no sé de ella, espero que no haya muerto. Al fin y al cabo les compramos dos cigarrillos cada uno a las mujeres que acabaron con el negocio de La abuelita, y comenzamos a caminar de vuelta a la residencia.

-¿Tampoco puedes dormir? – me pregunta el compañero fumador mientras caminamos.

-Creo que son las cotorras que hacen demasiado ruido. También es que me pongo a pensar en millonadas de cosas y no logro reconciliar el sueño.- le contesto.

-¿Qué cosas? A mí me pasa igual.- Me pregunta.

– No sé si tengo la confianza pa’ contarte; solo comparto contigo humo y de vez en cuando -, le respondo, evadiendo la pregunta. En eso llegamos a la residencia y nos sentamos en los banquitos.

-Acho, yo pienso en mi ex. Pienso en mi nene, y en mi pai’ también. Creo que me visitó esta noche. – Murmura la última frase y me mira diciéndome: no me pienses loco. Le sonrío en complicidad y continúo la conversación.

-¿Qué pasó con tu papa?,- lanzo la pregunta casi intuyendo la respuesta.

-Murió de una sobredosis hace pal’ de años. Después de eso yo casi le sigo los pasos. Le empecé a meter duro a la coca, a las pastillas y al alcohol. Hasta la heroína probé. Pero aquí estoy, aunque ni me gradúe este año.- me contesta con total naturalidad y tono de resignación.

Mientras lo escucho, solo pienso en que su historia es otra coincidencia más, parte de la serie de sincronicidades y convergencias existenciales que se me han presentado desde que mi mama murió de una sobredosis hace un año y varios meses, porque este chico no es el primero que viene a contarme una experiencia similar.

– Te vas a graduar, ya verás. ¿Pero te visitó? Yo puedo contarte una historia pero no quiero interrumpir la tuya-, le digo, intentando lucir relajada ante la historia de la muerte de su padre.

-Son loqueras mías-, me dice, -¿Tienes lighter?-

-Sí-.

-¿Qué historia me ibas a contar?-, me pregunta interesado.

-Ninguna, son loqueras mías. – le digo mirándolo a los ojos y volviéndole a sonreír en complicidad.

Terminamos de fumarnos el cigarrillo y nos levantamos de los banquitos para subir de nuevo a nuestros cuartos en la residencia universitaria. Esperando el elevador lo observo con curiosidad sin que él lo note. La empatía es inevitable. Me pregunto qué más tendrá que contarme, que otra cosa valiosa tendrá que decirme para entender la vida y sus procesos. Las historias violentas se repiten como cristales rotos de sueños olvidados. Mi mamá se fue y a mí se me fue el sueño y comencé a sufrir de insomnio porque mi sueño era salvarla y llegué tarde. Tal vez él se sienta así, tal vez se le olvidó que no quería ser su padre y se convirtió en drogadicto porque tampoco pudo salvarlo. Lo he visto tantas veces desde mi ventana caminando en círculos en el patio del estacionamiento con paso ansioso, de aquí para allá, de allá para acá, deseando que la tierra se abriese y se lo tragara. Lo entiendo.

Se abren las puertas del elevador. Aprieto el once que es mi piso, el aprieta el diecinueve. Una bombilla roja comienza a titilar desesperada.

-Tengo que estudiar, mañana tengo examen de historia-, me dice.

-Esa luz no deja de prenderse y apagarse, ¿Y si nos quedamos encerrados?- le pregunto.

-Tranquila, esto se para a cada rato y logran sacarnos aunque sea con pinzas mecánicas.- lo cual es cierto, los elevadores de la residencia tienen una alta incidencia de quedarse atascados con gente adentro.

-Gran consuelo… – contesto con ironía. Él sonríe.

No pasó nada al menos. El elevador llega al piso once, se abre y yo me bajo.

– Nos vemos mañana, espero que puedas dormir.- me dice el compañero fumador despidiéndose.

– Gracias, igual. Que descanses.- le contesto, despidiéndome también.

Suspiro mientras camino al cuarto. Tengo su tristeza pesada colgándome del cuello. ¿Qué voy a hacer? ¿Contarle la historia que no me atreví a contarle? Miro el reloj del celular, son las tres de la madrugada. Abro la puerta del cuarto.

Entro y lo que veo es mi cuerpo color azul acomodado de forma extraña en la cama y pastillas por todo el piso.

Fui yo la visita.

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