Ideas anti-alcohólicas y representaciones de los sujetos alcohólicos antes y durante la Prohibición en Puerto Rico

de Enrique Montes

Dedicado a los estudiantes universitarios arrestados
“por venta de marihuana” el 21 de diciembre de 2015

Jamás sobre la piedra nació el rosal
Y jamás sobre el organismo degenerado
y enfermo de un pueblo
se produjo con todo su esplendor la civilización.

~Manuel Zeno Gandía

Las relaciones entre el individuo y el Estado en el Puerto Rico del siglo XIX sufrieron unas modificaciones normativas que hicieron reventar la vida social acostumbrada. La influencia del Estado fue cada vez mayor en los sujetos y el territorio, poniendo así en desbalance las viejas autoridades municipales y las autoridades rurales de estirpe señorial como la de los hacendados. La actitud normativa del Estado reglamentó hasta las formas más tradicionales de convivencia. Estas nuevas normas implicarían la criminalización de ciertos sujetos con hábitos de producción y diversión diferentes (y en conflicto) con las nuevas relaciones constituidas (Picó 47-48).

Estos individuos criminalizados no podemos leerlos como agentes pasivos de las modificaciones normativas. Mediante su ‘autogestión’ estos sujetos subalternos promueven y participan en la conformación de los ideales modernos[1] característicos de esta compleja relación (Cubano 15). Astrid Cubano lo ejemplifica de la siguiente manera:

Cuando los hombres y mujeres de clase trabajadora acuden a las autoridades en busca de justicia, en seguimiento de sus propios objetivos modernizantes, entran en contacto con instancias legales similarmente modernizantes que se encuentran en el Puerto Rico de las últimas décadas del siglo XIX, […] visto lo moderno como un objetivo en movimiento. (Cubano 16)

La relación no se reduce a opresión y resistencias bidireccionales; una mirada a las producciones neopositivistas de la ‘Nueva historia’, donde la narrativa la protagonizan el Poder y la Resistencia, observamos que se desatienden los sujetos subalternos, sacándolos de la narración como no tan importantes, sustituyéndolos por estos o aquellos otros que presentan problemas importantes. Los subalternos son despojados de toda consecuencia histórica; una historia “desde abajo” quizás no es suficiente para estudiar a los vagos, alcohólicos, perturbadores de la paz y gangrena del Progreso social, pues estos quizás nunca fueron transgresores notorios, ni presentaron resistencias abiertas contra el Poder.

En esta investigación exploro las representaciones que se hicieron de los sujetos criminalizados por ser alcohólicos desde el siglo XIX hasta las primeras tres décadas del siglo XX. En la primera parte trabajo el desarrollo de ideas antialcohólicas dividiéndolas en tres tiempos, los cuales no pretenden ser leídos como una consecuencia lógica ni determinista. Estos tres tiempos presentan tres mentalidades fragmentadas, es decir, no puede hallarse un deslinde que determine su duración temporal o el contenido bien definido de cada una, e incluso pueden pensarse como coetáneas.[2] En la segunda parte trabajo mecanismos, confusiones, personajes y resistencias que ocurren durante los tiempos de la Prohibición. Construyo una narración que no pretende ser, ni está cerca de ser una Historia de la Prohibición. Esta investigación no espera ofrecer una verdad absoluta, pero sí espera que aguante múltiples lecturas.

Ideas antialcohólicas en tres tiempos

I.

El consumo de alcohol estaba generalizado a través de la isla y formaba parte de la dieta de los isleños abarcando “casi todas las esferas de su vida cultural” (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 89). A excepción de algunos ruidos provenientes de instituciones como la Iglesia y la milicia, el alcohol no se consideraba un problema social. Incluso, bajo la dominación española el mismo Gobierno lo obsequiaba en fiestas y suministraba una porción diaria a los presidiarios (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 90). Debido a la escasez de medicinas y los pobres conocimientos médicos el alcohol se utilizaba como panacea (lo cual el discurso médico de finales del siglo XIX condenaría).

Desde los tiempos de la dominación española el consumo de alcohol se ligó a la clase trabajadora. Se denominaba el ‘vicio del pobre’, según Francisco Zeno: “…el jíbaro no pasaba un día sin ron para aliviar los males de su vida” (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 12). En el siglo XIX el trabajo se había vuelto en el instrumento de las políticas de reforma y progreso económico del Gobierno español. A falta de mano de obra y las resistencias al trabajo, la metrópoli desarrolló “mecanismos de control para someter al campesino a una rutina de trabajo. A la vez que el Estado intenta reglamentar su vida, va creando una ideología negativa sobre el carácter del jornalero…” (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 93). La vagancia (el resistirse a trabajar para las autoridades) se vuelve en la cuna de todos los males incluyendo la embriaguez; las autoridades en nombre del Progreso condenaron aquellas faenas bárbaras que emprendían los trabajadores e intentaron obligarlos, enderezarlos para formar la base instrumental de su proyecto modernizador.

En 1847 un Bando del Gobernador Juan Prim ataca directamente el problema de la embriaguez, vinculándolo a la invasión de ebrios en espacios públicos: el que se encontrara haciendo escándalo en estado de embriaguez se arrestaba y se obligaba a trabajar quince días en la composición de los caminos vecinales de su pueblo (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 95). El ebrio era (o es) un sujeto sin cabida en la vida comunal: daría la impresión que por la cantidad de casos que existen en el cual el alterador de la paz está fichado como ebrio[3], esto era una categoría que mezclaba su hacer con su ser (ebrio como un tipo de persona y no como un estado). El ebrio se vuelve en una identidad esencial la cual es antisocial y hay que castigarla para enderezarla, la élite progresista lo tomaría como objeto de crítica haciéndose múltiples representaciones de él y asumiendo un rol paternal sobre ellos.

II.

A finales del siglo XIX la retórica y la razón guiadas por el liberalismo y el intelectualismo que hacía eco en Puerto Rico tomarían la vanguardia de la lucha contra el alcohol (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 97). La élite intelectual de la Isla, constituida por los hijos de la incipiente burguesía hacendada, había sido educada en el extranjero estando en boga la visión organicista de Herbert Spencer, el positivismo de Augusto Comte, el darwinismo social y la eugenesia (Rosario Urrutia, “La génesis…” 185).

 

“De Martín Peña para allá, todos son jíbaros.

Y lo decían los de capital dando a la frase un sentido peyorativo…

Venir ‘de la isla’ era algo así como venir del limbo”.

~Antonio S. Pedreira (5)

Los ‘de la isla’ son el conjunto de seres inferiores a ‘los de la capital’, categorizados de tal manera por los que mantienen el control de la palabra. Lo curioso del extracto de Pedreira es que no sólo se homogenizan los sujetos ‘de la isla’ de forma peyorativa, se añade además su procedencia como un no lugar: aquello que no constituye completitud en sí mismo, su estancia es transitoria, no tiene importancia discursiva, pero sobre todo, es espacio para la especulación arrogante. El territorio baldío de la ‘isla’ fue objeto de contemplación y condenación por numerosos intelectuales. La ‘isla’ se equipara al espacio de desarrollo de las subalteridades infértiles y enfermas que obstaculizan el Progreso. Según Juan Gelpí la Generación del ‘30 une la literatura con la enfermedad: “[e]n la visión de la trayectoria literaria de Pedreira abundan las metáforas patológicas. No hay que olvidar que Puerto Rico es, en Insularismo, un país infantilizado y enfermo” (18).

El discurso intelectual, especialmente el literario, tendría como objetivo sanar las gentes enfermas. En la visión de mundo enfermo de Manuel Zeno Gandía, este nos recita los síntomas y sus efectos de la ‘barbarie rural’: “[e]n este grupo humano son prácticas frecuentes la promiscuidad sexual temprana o el abuso del alcohol, que a su vez son causas directas de enfermedades y comportamientos violentos” (Ortiz 502). Una de las tareas del médico es ofrecer un tratamiento o la cura, en este caso Zeno Gandía receta aculturación y mucha educación para deshacerse de la barbarie intrínseca (Ortiz 502).

Los esfuerzos del proyecto eugenésico de las élites intelectuales desembocaron en las creaciones de Sociedades de Temperancia, las cuales promovían un consumo moderado y consciente del alcohol. Apostaban al devenir histórico y al progreso social. Otros ideales como la abstención quedaron sin suficiente respaldo, contrariados por intereses económicos y por las tradiciones populares.

III.

A partir de la invasión norteamericana en el 1898 el proceso de la criminalización del alcohol aceleró. El alcoholismo se discutía en los foros públicos y en la prensa como una enfermedad mental y como la causa de la criminalidad. Las voces contra el consumo de alcohol aumentaron y se volvieron más feroces, pues ahora llegarían a esta isla con el nuevo gobierno norteamericano los grupos protestantes, los cuales llevaban años luchando contra el alcoholismo en E.E.U.U. Entre 1898 y 1915 los temperancistas se contaminaron con los ruidos prohibicionistas; los discursos emitidos desde variadas posiciones radicalizaron la criminalización y la escisión de las partes purulentas.

El protestantismo formó parte de los mecanismos de influencia cultural y educativa de la americanización de principios del siglo XX y además era aliado de la implantación capitalista norteamericana. Se presentaba como organismo de reforma social y de regeneración moral del Pueblo, la cual había sido degenerada, según los protestantes, por la barbarie y esto a su vez a causa de que la Iglesia católica había desatendido a esta gente que eran categorizados como la ‘barbarie rural’ (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 148). Sus métodos incluían la prensa, la circulación de revistas, el establecimiento de escuelas dominicales y salir a predicar a cualquier rincón. Las reformas del protestantismo encontraron apoyo en las élites criollas, los y las profesionales, la élite del movimiento obrero y demás personas que no necesariamente profesaban la doctrina (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 149).

En 1915 las misioneras protestantes Mary y Margaret Leitch hicieron la primera petición al Presidente de los Estados Unidos solicitando una enmienda prohibicionista para Puerto Rico. Éstas alegaron “que la mayor parte del consumo de licor en la Isla, que estimaban en una insólita inversión de 14 millones de dólares, se concentraba en los trabajadores de la ruralía que componía más de 2/3 partes de la población” (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 194). El argumento esencialista presentado por las Leitch responsabilizan y criminalizan los sujetos que rasgan la línea inferior de la pirámide social. El trabajador pobre era la mula de todos los vicios y los males sociales, mientras que los estratos dominantes eran símbolo de la conciencia pura y la sobriedad.

A causa de varios reclamos directos al Congreso y al Presidente por parte de los grupos prohibicionistas, finalmente en 1917 se le añadió una cláusula a la Ley Jones, la cual lee así:

“Un año después de la aprobación de esta Ley y en lo sucesivo será ilegal importar, fabricar, vender, o ceder, o exponer para la venta o regalo cualquiera bebida o droga embriagante; Disponiéndose, que la Asamblea Legislativa podrá autorizar y reglamentar la importación, fabricación y venta de dichos licores y drogas para usos medicinales, sacramentales, industriales y científicos únicamente. La penalidad por infracciones de esta disposición con referencia a las bebidas o drogas embriagantes será una multa no menor de $25 por la primera vez, y por la segunda y subsiguientes, una multa no menor de $50 y prisión por un término mínimo de un mes y máximo de un año…”.[4]

La cláusula quedó a merced de un referéndum. El país quedó dividido entre el Coco y la Botella. El Coco era el símbolo de los prohibicionistas, los “secos”, los cuales intensificaron su campaña en la prensa y agitaron el debate público durante los meses de mayo y junio del 1917 (Naranjo, Pug-Samper y García 593). Y la Botella la llevaban los sectores anti-prohibicionistas, los “mojados”, los cuales, según Mayra Rosario, defendían “sus intereses económicos” y rechazaban “la intromisión del Congreso en los asuntos locales” (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” X). El Coco ganó el referéndum con una avasalladora mayoría. Fue un día árido, de muy altas temperaturas; los paladines de la sociedad pura y civilizada lo declararon como el día del advenimiento del Progreso. Al fin acababan con esas ‘viejas costumbres’ ‘bárbaras’, después de ese día lo demás era un quita’o.

La Prohibición emitió “la sentencia de divorcio definitiva entre los agentes del orden y los sectores populares” (Picó 52). La nueva relación entre el Estado y sus sujetos estableció el espacio para las resistencias colectivas contra las autoridades centralizadas.

Tiempos de Prohibición

  1. Los mecanismos autoritarios acotados y ¿confusos?

La Prohibición comenzó oficialmente el 2 de marzo de 1918. Su implantación además de encontrar resistencias y desobediencias de las gentes, encontró problemas administrativos (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 317). Se designaban agentes encargados de hacer cumplir la ley por tierra y mar, pero su efectividad no lograba lo esperado. La actividad policíaca era obstaculizada por su corrupción interna: las bebidas confiscadas desaparecían mágicamente de los almacenes; el mapa de los puntos de vigilancia estaba limitado por cuánto dinero pagaban los señores de fincas con capacidad de albergar alambiques, con estas y otras formas se burlaba a la autoridad desde la autoridad misma.

A partir del 1920, cuando se hace efectiva la enmienda número 18 a la Constitución de los Estados Unidos, conocida como el Acta Volstead[5], se asignó un Director Federal de la Prohibición, lo que llevaría a la presencia de agentes federales en los pueblos de la Isla (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 321). El ojo del Águila vigilaba las gentes (potencialmente criminales) y los agentes de orden por igual; las garras del Águila agarran las presas por ser presa, nada más. Así divisiones policíacas especiales se hacían y deshacían, el policía terminaba en los mismos presidios que el delincuente.

La desobediencia colectiva emergió con un furor no visto en los años de relación que llevaba Estados Unidos con Puerto Rico, la desobediencia trascendía las barreras de clase y género. Las clases altas socializaban con vinos y bebidas finas en mano en sus clubes privados, los cuales a las autoridades se les hacía más difícil acaparar ya que estaban protegidos por la misma Prohibición —al no poder determinar si se había hecho compra ilegal, no tenían jurisdicción en estos lugares—y estos señores y señoras estaban consciente de ello y lo aprovechaban (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 314). Otros no tenían la misma suerte con las autoridades, pues parece que había mucha confusión acerca de los límites de la Prohibición, tanto para algunos de los sujetos sometidos a ella como para las autoridades que la forzaban.

En un caso del Tribunal Supremo de Puerto Rico del 1926 (35 D.P.R. 767) según el denunciante Félicot García: mientras se encontraba junto al Jefe de Distrito y del guardia Tomás Díaz intentando ocupar un licor en la casa de los denunciados, éstos últimos “voluntariamente resistieron, demoraron y estorbaron la acción de las autoridades allí presentes, sujetando al denunciante, derribándolo al suelo, dando tiempo a que la señora de la casa cogiera el licor y lo botara”. El Tribunal falló a favor de los denunciados, se acentuó la ilegalidad de las autoridades en haber entrado a la propiedad sin una orden de allanamiento, demostrando una vez más que la simple posesión no era delito. Esta imagen llena de movimiento y sonido nos da a entender la ignorancia y/o confusión de ambas partes. Los muchachos que resistían las autoridades a la entrada tenían que estar gritando y apresurando a la señora de la casa para que avanzara a desaparecer la evidencia que los incriminaba, mientras que las autoridades con un aliento de adrenalina forcejeaban su entrada sin obedecer los debidos procesos de ley. Asustados y sudorosos los muchachos aguantaban la puerta dócil que le arrebataban las patadas, los gritos y los cabezazos extasiados. Pensando en la cárcel que les esperaba, quizás en el delirio del escape, achocaron a uno de los agentes de orden. El arresto de los muchachos debió haber sido un momento catártico para la gente envuelta en aquel berrinche.[6]

1. Resistencias, burlas y la complejidad político-legal

El 2 de marzo de 1918 (día que oficialmente comenzó la Prohibición), el periódico El Águila publicó un artículo donde se condenó aquellos con “recursos bastantes” que habrán “guardado no poca cantidad del artículo prohibido, pudiendo así durante algún tiempo, satisfacer su intemperancia…” (2). El periódico le daba importancia al daño a la salud y el daño a las “criaturas para lo porvenir” que podía causar el alcohol. Recelaba la constitución física y “la moralidad del pueblo”. La prensa es el reflejo de una cultura del saber que influye las participaciones éticas de sus lectores. Se enmascara como instrumento pedagógico y transfigura la democracia en demagogia. A la siguiente página del mismo número de periódico hay un anuncio de cerveza sin alcohol “ni ninguna otra sustancia tóxica” que pone en mayúscula lo siguiente: “SALUDABLE-DELICIOSA”. El mercado ha tenido éxito añadiéndole a sus productos lo saludable y beneficioso que pueden ser para nuestros cuerpos hasta nuestros días. Equiparar al alcohol con otra(s) “sustancia(s) tóxica(s)” y condenar a los que habían guardado bebidas alcohólicas nos habla de la demonización que este periódico hacía del alcohol y sus consumidores. El discurso de la salud de la prensa encontró paralelos con el discurso del Gobierno, ambos ideaban políticas que sirvieran el bienestar de los cuerpos.

La Prohibición, como se ha evidenciado en otras partes de esta investigación, tuvo sus ambigüedades, sus fragilidades, incluso tenía la capacidad de contradecirse a sí misma. Entre las disposiciones que contenía con potencial de revertir en su contra quiero discutir una, esta es la que facultaba a los médicos a recetar bebidas alcohólicas si era médicamente necesario. En esta zona política conflictiva participaron médicos en contra de la Prohibición que recetaban alcohol como hermanitas de la caridad e intereses económicos hipócritas del Gobierno. El Gobierno aumentó la dosis que podían recetar los médicos grandemente en transcurso de un año a cambio de 1$ por receta (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 322). Fue la causa de que las salas de médicos fueran abarrotadas por ‘enfermos’ en busca de licores.[7] Los periódicos y los sectores prohibicionistas criticaron fervorosamente el descontrol de la dinámica borracha médico-paciente, obteniendo la victoria en febrero del 1926 eliminando la disposición que facultaba a los médicos tratar y curar con alcohol (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 323).

Los sujetos transgresores se encontraron asediados por políticas e instrumentos autoritarios que le dificultaron el acceso al alcohol. Los que no podían hacerse de alcohol fabricado ilegalmente se bebían los que eran fabricados legalmente con propósitos industriales como los perfumes, los tónicos y los alcoholados (incluso hubo alcoholados que se volvieron populares como el “San Antonio”) (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 323-324). Las intoxicaciones por ingerir alcohol industrial provocó el mecanismo federal de retirar productos del mercado para que fueran reconfigurados y luego puestos a la venta nuevamente (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 325). A pesar de todas las intoxicaciones y los males atribuidos al consumo del alcohol, muchos individuos y no solamente los trabajadores pobres como enfatizaban las autoridades, las élites y los medios, se resistieron a la Prohibición, consumiendo alcohol de la forma que pudieran. Burlaron la ley estableciendo nuevas geografías de producción e intercambio del alcohol y encontraron los flancos débiles de la Ley y los explotaron.

En 1925 se celebró el primer Congreso de la Criminalidad, donde se constató el fracaso de la implantación de la Prohibición y se mostró la pobre gobernabilidad que tenía el Estado (Rosario Urrutia, “Al margen…” 1). Eran los manglares, los montes y las arboladas cerca de los ríos la geografía conveniente para el establecimiento de alambiques para la producción de alcohol y su contrabando. Para Pedreira, el jíbaro de su tiempo, además de retratarlo como un ignorante, trabajador inquebrantable que se le podía ver por las calles fumándose un cigarrillo americano, asistiendo al cine o al hipódromo, bailando foxtrot, mascando goma, boxeando, ahora también se habría “convertido en químico por obra y gracia de la prohibición” (15). La astucia de estos “químicos” junto con la conveniente localización de sus actos criminales impedía la eficiencia de las funciones policíacas. “De esa forma, los vigilados asumían la función de vigilantes, ganando tiempo para escaparse y evadir los arrestos” (Rosario Urrutia, “Al margen…” 6). Las bebidas alcohólicas fabricadas en lóbregos laboratorios por pseudo-químicos se convirtieron en las nuevas marcas del pueblo, nombradas según su procedencia geográfica—entre éstas: Agua del monte, Aguardiente, Cambrai, Cañita, Córreme Guardia, Cuasimodo, Divino Néctar, Mamplé, Pitorro, etc. (Rosario Urrutia, Hacia un mundo “abstemio” 332). La Prohibición fue un obstáculo que retó a los malabaristas alcohólicos, las maromas no siempre le salieron bien, pero nos legaron un performance del cual hablar.

Reflexiones finales

La Prohibición no aguantó su propio peso y colapsó en el 1934. Pero la lógica binaria modernista que justificaba, nutría y reproducía la institución no cesó. Las categorizaciones rígidas que producen estos mecanismos de poder los podemos ver hoy día. Diferente contexto, pero los mismos lenguajes. Hoy, las leyes no nos prohíben el consumo del alcohol (hasta cierto punto), pero sí el consumo de otras sustancias como el cannabis. Estamos en constante lucha contra las categorizaciones de los cuerpos y las violencias que producen su racionalización. La criminalización y marginalización de los subalternos, los ‘otros’, los inmigrantes, las tecatas, las putas, etc. es problema del presente, nos seguimos haciendo representaciones esencialistas de los subalternos. Son tantas las luchas y los problemas que podríamos continuar mencionando hasta tener un copioso manifiesto de represiones y racionalidades.

Esta investigación histórica trata sobre el presente, el pasado como objeto es una perífrasis para manifestar preocupaciones contemporáneas. La “sentencia de divorcio” que nos dice Fernando Picó, sigue vigente, con la adición de que las relaciones y los problemas se han complejizado. A la historia se ha examinado, pero esta no ha vomitado sus soluciones, y no lo ha hecho porque no las tiene en el estómago. De lo que se trata es de construir (nos) narraciones que piensen los problemas, sin pensar que éstas se comprometan a servirnos como modelos pragmáticos.

 

Notas al calce:

[1] Entiéndase los gestos performáticos que denotan una supuesta sociedad moderna: la colectivización de individuos en sujetos constituyentes de una nación; la capacidad de poder de un estado dentro de su territorio designado y las instituciones y micropoderes que fuerzan la norma entre los mismos sujetos; el biopoder con relaciones estado-sujeto, sujetos-sujetos, sujeto-consigo mismo; constitución de identidades hegemónicas; capitalismo y democracia.

[2] Comparto las ideas de John Arnold respecto al concepto desarrollado por La Escuela de los Anales ‘mentalité’, al cual me refiero cuando hablo de ’mentalidades fragmentadas’: “…el problema de la mentalité como un concepto es que puede allanar toda diferencia, moldear la complejidad de la idiosincrasia humana en una sola visión de lo que se considera ‘normal’ para una época y un lugar’’ (Arnold 156, 158).

[3] En el proceso investigativo consulté someramente una cantidad relativamente grande de casos ante el Tribunal Supremo de la primera mitad del siglo XX relacionados a la ‘alteración a la paz’ e ‘invasión de espacios públicos’.

[4] Acta Jones, Carta Orgánica de 1917 de Puerto Rico. Aprobado el 2 de marzo de 1917, Capítulo 145, 39 Stat. 951. L.P.R.A. Documentos Históricos. Art. 2 párrafo 20.

[5] Parecida a la cláusula prohibicionista que se había implementado con el Acta Jones, el Acta Volstead prohibía la manufactura, el transporte, la exportación, la venta o la posesión de bebidas alcohólicas. El Acta definía la bebida alcohólica como aquella bebida que tuviera más de .5% de alcohol. (Tomado de: http://www.u-s-history.com/pages/h1086.html 5/13/2015)

Es importante notar que a diferencia de la cláusula prohibicionista de la Ley Jones, el Acta Volstead prohibía la posesión.

[6] Investigando casos similares a éste que atendió el Tribunal Supremo de Puerto Rico, puedo inferir que la frecuencia de este juego pillo-policía con sus reglas transgredidas era más frecuente de lo que se puede imaginar.

[7]Hasta el veterinario podía recetar alcohol para el ganado.

 

Referencias:

Arnold, John . Una brevísima introducción a la historia. Trad. Laura Emilia Pacheco.                      México: Oceano, 2003.

Cubano, Astrid. “Siete estrategias metodológicas para estudiar la violencia del siglo               XIX en Puerto Rico: narraciones en los tribunales de justicia”. OP. CIT. Centro de             Investigaciones Históricas, UPR, Río Piedras, núm. 22; 2013-2014.

Gelpí, Juan . Literatura y paternalismo en Puerto Rico. Río Piedras: Editorial de la                           Universidad  de Puerto Rico, 1993.

Naranjo Consuelo, Miguel Ángel Pug-Samper y Luis Miguel García Mora. La nación                    soñada. Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98. Aranjuez: Ediciones Doce Calles,                    1996.

Ortiz, Javier . Crónicas de un mundo enfermo: la Mirada crítica de Manuel Zeno Gandía. La                literatura hispanoamericana con los cinco sentidos. V Congreso internacional de            la  AEELH, 2005: 501-155, ISBN: 84-9749-136-x.

Pedreira, Antonio S.  La actualidad del jíbaro. Boletín de la UPR, Río Piedras, 1935, 7 serie         VI,  no. 1.

Picó, Fernando . Los gallos peleados. Río Piedras: Ediciones Huracán, 1983.

Pueblo v. Santiago, 35 D.P.R. 767 (1926) Acta Jones, Carta Orgánica de 1917 de Puerto               Rico. Aprobado el 2 de marzo de 1917, Capítulo   145, 39 Stat. 951. L.P.R.A.                           Documentos Históricos. El Águila, 2 de marzo del 1918.

Rosario Urrutia, Mayra. “Al margen (y al amparo) de la ley: transgresiones de la época          prohibicionista del alcohol en Puerto Rico (1918-1934)” academia.edu. 3 de abril              del 2015.

—– . Hacia un mundo “abstemio”… la prohibición del alcohol en Puerto  Rico. Tesis HV                      5091. P7 R66 1993 v.1 v.2.

—– “La génesis de la conciencia anti-alcohólica bajo el dominio hispánico”. OP. CIT.               Centro de Investigaciones Históricas, UPR, Río Piedras, núm. 8; 1994-1995.

Zeno Gandía, Manuel . La charca. Edición Crítica de Miguel Ángel Náter. Río Piedras:                    Ed. UPR,   2013.

 

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