Jorge Hernández

12mo, CES

Violencia, en su más abarcador sentido, parece ser de los pocos absolutos que posee la naturaleza humana. No obstante, las condiciones en las que se gesta no son provenientes de algún recóndito espacio dentro de la conciencia diseñada especialmente para generarla. Esta idea podría juzgarse útil y entretenida especulación por parte de filósofos que buscan justificar sistemas de opresión. Más razonable es considerar que las tendencias agresivas de un ser humano están causadas, formadas y enmarcadas en el entorno que los engendra y contiene. Partiendo de esta premisa, es necesario analizar el contexto en el que se desenvuelve un ser, pues importa entender cómo contribuye a lo que, eventualmente, se puede definir como violencia, tome la forma que tome. 

Es necesario emprender en un profundo análisis acerca de las causantes y los efectos que perpetúan la violencia, pues conocer los factores que la producen nos ofrece el entendimiento requerido para, en teoría, actuar hacia erradicarla. Triste e históricamente, la sociedad puertorriqueña ha sido mártir de una cultura violenta que toma diversas manifestaciones. Es, tal vez, patrón histórico la manera en que los seres humanos recurrimos a la literatura para pintar una imagen contundente de las vicisitudes de un individuo o un colectivo. En los relatos, “La 20” de Luis Negrón y “Tú no jodes más” de Josué Montijo se presentan diferentes actos violentos que aluden a la decadencia de la sociedad puertorriqueña. En ese espíritu de comprender nuestro entorno mediante el espejo que ofrece la literatura, contrastaré estas dos obras y su relevancia en nuestra concepción de la sociedad puertorriqueña.

Indica una alarmante normalización de lo vil cómo el puertorriqueño ha aprendido, y está dispuesto, a asimilar los actos crueles que acontecen en nuestro diario vivir. La realidad es que no se le brinda una alternativa, ya que es tan usual la proyección y el consumo de la violencia que, de no ser indiferente a ella, terminaría consumido debido a su drástica frecuencia. Este fenómeno, la normalización, se presenta como una medida de autodefensa en su conciencia y se observa de manera clarísima en el cuento de “Tú no jodes más”. Cuando Josué Montijo intercala los actos más macabros con cotidianidades, resalta lo acostumbrado que está el puertorriqueño a la desgracia. Un ejemplo de esto es:

Muy distinto hubiera sido con una de esas máquinas que se usan en las carnicerías; en un dos por tres hubiera cortado el cuerpo del chamaco como se hacía en la cárcel de Bayamón. Se siente agotado. Le pide a Austria un vaso de agua bien fría. (Montijo 145) 

Examinando más a fondo el rol que juega el entorno, se aprecia la necesidad hacia este acto tan nefasto cuando Confesor destruye al deambulante, acción enraizada en que le robó su única fuente de sustento. La escena examina la psicología de la persona trabajadora, quien encuentra a lo largo de su vida dificultades y obstáculos arbitrarios que se acumulan para convertirse en un peso y una presión que terminan por quebrantar su sanidad. En el caso de este relato, la estafa constituía un agravio para Confesor: un atentado en contra de su vida y la de sus dependientes. En sus propias palabras, una opresión:

A Confesor el robo de sus herramientas de trabajo le parece una vil ofensa, una agresión que debe ser castigada fuertemente. Quien te roba tus herramientas de trabajo, dice él, quiere joderte sin compasión y nunca va a ser bueno contigo y sobre todo, robarle a él que no le quita nada a nadie y que no ataca a ninguna persona gratuitamente. (Montijo 133)

Vale mencionar que el instinto de un animal amenazado es morder, que fue precisamente lo que hizo Confesor contra su atacante. Lo hizo de la manera más morbosa que pudo: dejando ver que su condición como trabajador pobre ha trastornado, por necesidad, su sentido de moral y su conciencia. 

La violencia no toma una apariencia fija. Es tan violento pegarle a un hijo como despreciarlo y botarlo del hogar a base de su sexualidad. La crueldad en el relato “La 20” por parte de Luis Negrón se revela de manera más sutil que en otros textos. La principal víctima en este cuento es el enigmático Poeta de la 20, del cual solo sabemos, inicialmente, que ha desaparecido. Esto nos lo cuenta el narrador que, a la vez, implica fuertemente que está en una relación con dicho personaje. Aquí, la violencia no es física, sino, más bien, psicológica, pues se produce a través del desprecio colectivo que evidencia el narrador hacia la relación entre él mismo con el Poeta. Según el texto: “[l]e pregunto por fulano, el poeta de la 20, como le llamo. Me dice que no lo ha visto. Me mira raro; todo el mundo me mira raro cuando hablamos, cuando lo invito a comer o al cine” (Negrón 22). En cuestión instantes, se mencionan miradas fuera de lugar, expresiones despectivas, el hecho de que al Poeta lo expulsaron de la casa por ser gay y la aparente desaparición de una persona sin que a nadie le importe. Este es un ejemplo claro de cómo la cultura de un colectivo margina a un sector. Queda claro que la exclusión, el rechazo y el discrimen son una forma implícita de violencia con independencia de lo que los medios o la historia oficial quieran expresar. 

Vemos, entonces, diversas representaciones de violencia en estos dos cuentos. Una es sutil y psicológica, mientras que la otra es física y abierta. No obstante, los autores atinan a lo mismo, pues esbozan las tribulaciones que diversos sectores sociales, en este caso la clase obrera y la comunidad LGBTQ, experimentan y cómo estas condiciones han forjado una psicología, ya sea de sumisión o de victimario, que continúan el legado de violencia que acongoja a nuestra nación. 

Estos textos tienen una esencia revolucionaria, son contraculturales, contraliterarios y emplean una mezcla de desdén por la decencia junto a un palpable realismo ficcionalizado para gritarle a una sociedad durmiente con la esperanza de despertarlos de su ignorancia. Promoviendo la voluntad, incitan, de esta manera, a que se exija una introspección social y podemos confiar en que cada día más puertorriqueños se desliguen de la narrativa fácil y masticable para que hagan frente a una más compleja y menos digerible que será, confiemos, similar a la realidad que nos envuelve.

 

Bibliografía:

Montijo, Josué. Hasta el fondo, Libros AC, 2016.

Negrón, Luis. Los tres golpes, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2016. 

 

 

 

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