Por Valentina Marealta

 

¿Alguien recuerda,

alguna vez remota,

haber caminado sobre un solo continente inmenso?

 

¿Alguien estuvo allí conmigo

en Pangea?

 

¿Recuerdan el día que la Tierra

empezó a desprenderse de sí misma?

 

Alguna vez hubo grandes familias

de montes siameses.

Fue la erosión

o el tiempo

o el temblor

o cualquiera de esas palabras

que nombran al demonio

lo que nos hizo simplespartes, apenaspiezas.

 

¿Quién sufre,

igual que yo,

secuelas de esos gritos?

¿Quién más está hecho de arena en una tormenta?

¿Ya saben cómo apalabrar

el molesto y recurrente sentimiento

de ir perdiéndonos, disperándonos granito a granito?

¿Cuál es la partícula más pequeña e indivisible

del gran cuerpo que formamos con quienes nos aman?

 

La distancia geográfica no es inofensiva.

Y menos cuando es mi propia mano

distanciándose de mi brazo,

mi propio aire distanciándose de mi pecho…

 

A quienes se atrevan a hablar de boletos de ida y vuelta:

¿cómo creen que duele desmembrarse y seguir vivo para sentirlo todo?

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