Por Limary Ruiz-Aponte

 

Andar, desplazar, caminar

desde que aprendí su poder,

no paro.

Aquí algunos nano-relatos

en memorias y mentiras.

 

Cuba

…las dos alas… No fue el calor ni el parecido a lo vivido. No, fue la nostalgia y el orgullo de aquellos lugares con tantas historias: el Callejón de Hamel, el cuartel tiroteado, la caverna olvidada, la Misión, los hoteles y sus cuartos, la Bodeguita y los rastros de aquel escritor, el estudio escondido del artista… las Bucaneros, los clubes, los bailes, el teatro… el baile… los bailes.  Aquellas calles y sus rutas me asustaban como la muerte o el vértigo; nunca el terror. Quizás la borrachera constante fue forzando aquel amor de verano. Ahora solo quedan los libros comprados y las vírgenes rogadas. Creo que entre cada paso las dos alas le pegaban al pecho y se comían sin compasión la infantil idealización; aunque eso lo descubrí mucho después. En ocasiones soy sonámbula en tus malecones.

 

Pittsburgh

Nunca había pensado cuán terrible es la idealización y mucho menos cuánto pesa la nieve, pero me tocó. La soledad académica puede ser una gran lección. Recuerdo la primavera, el florecimiento. Era una maravilla, de momento la gente se vestía de colores, se desnudaban y tomaban sol donde fuera. Era impresionante. Aprendí a valorar el calor y a amar las terrazas.  Un día caminé sin rumbo por aquellas calles saladas; hacía mucho frío. Necesitaba olvidar, sobre todo, la soledad y la perversidad. Mi Caribe no cupo en esa ciudad que encalvecía cada octubre. Los puentes amarillos me sonríen satisfechos.

 

Montjuic

Tanta vegetación, tantos caminos. No puedo negar que es uno de mis espacios favoritos. Recuerdo que un amigo vasco me buscó en moto y fuimos a tomar café en un campo de equitación. Corrimos las veredas en su pequeña vespa hasta llegar a Barceloneta. Esa playa repleta de turistas me fue tan familiar y ajena. Hacia unas semanas había estado en el mediterráneo y era todo tan destino y maravilloso. En fin, ese monte me trae gratos recuerdos, sobre todo la ausencia del pasadía habitual turístico y la aventura de lo local.

 

Madrid, verano

Pasamos por la tumba de aquel y llegamos a una casa ocupa. Entramos y pasamos por los cuartos hasta llegar a una barra. Compramos cervezas, fumamos y reímos toda la tarde. Nos habíamos conocido en Barcelona y mi fin de semana en la capital coincidió con el regreso de uno de ellos a su casa. Pude ver otro Madrid, caminar otras calles. Escuchar historias: la importancia de la música después de la dictadura, la crisis económica –el arte, el amor al arte– y la dedicación. Algunos meses después la utopía se caería y yo estaría en Pittsburgh luchando con la melancolía y escribiendo cartas de amor a un artista catalán. La vida es más surreal de lo que nos permiten creer.

 

Barcelona, Despedida de año

Barcelona es de esas ciudades que me mantendrán enamorada. Me perdí mucho por sus calles. Repetía rutas, corría el barrio gótico, las ramblas, Poble Sec hasta llegar a donde se suponía. El verano fue estupendo y regresé enamorada en diciembre. Siempre he sentido debilidad por los artistas, menos por los poetas, porque es muy clichoso caer más de una vez por uno. En fin, regresé y pasé la Navidad más típica en un pequeño pueblo catalán con caga tío incluido. Como el amor es breve cuando hay locuras envueltas, me marché de ese pueblo a Barcelona el mismo 31 de diciembre. Allá me recibieron brazos amigos. No era la única puertorriqueña, aquella gata en valeriana me rescató y cocinamos mofongos para la despedida. Mientras pelábamos y freíamos los plátanos, lloramos. Confieso que no dejé de pensar en Esquivel, pero nada gástrico mágico ocurrió. Luego de comer las 12 uvas fuimos al apartamento de una amiga croata y vimos el amanecer y los fuegos artificiales. No puedo recordar nada más; se fueron curando las tristezas. Mi boleto de regreso todavía llegaba a Pittsburgh.

 

Mar de Plata

Hay salvavidas inesperados. La amistad puede ser uno de ellos. Nunca había leído tanto a Borges o a Saer, pero me llevaron a lugares de amor que no esperaba. Llegué después de un largo recorrido desde el Caribe hacia un nuevo verano. El mar me atrapó embravecido y la recordé, claro que la recordé. Cómo olvidar la osadía de cada paso para finalizar el dolor o el terror. Una tarde tomé mate a la orilla del mar con gente desconocida ¿Será la misma arena que pisó? Era época navideña y recuerdo las vitrinas y las modas veraniegas. También, el amor de una madre italiana.

 

Montevideo, Navidad 

El Buquebus es una experiencia: Buenos Aires a Montevideo y viceversa. Un argentino de sobre 60 años fue mi compañero de viaje. Creo que no está demás decir que me acompañó gentilmente en todas las conexiones, pero en la última le hui. No sé si era necesario, pero lo hice.  Realmente le debo un agradecimiento porque no fue fácil el proceso, pero la seguridad primero –viajar sola requiere agudeza de sentidos y constantes despedidas. Llegué al centro justo el 24 de diciembre. Había ruido y fiesta por doquier y yo junto a mi pequeña maleta, buscaba el que sería mi hotel. Lo encontré y mostré mi pasaporte y demás documentos. Creo que era bastante rara mi presencia: una mujer afrolatina en medio de Montevideo un día de nochebuena y sola. A veces cuando viajo me preocupa que crean que mi pasaporte es falso. Pero, ¿cómo explicarles mi coloniaje en 20 segundos? En fin, estaba muy cerca del malecón y mis ojos se fueron acostumbrando poco a poco a ese mar río. Recuerdo que conseguí una librería y compré algunos libros, entre ellos uno de Levrero. Lo leí de una sentada frente al agua, el 25, cuando reinaba el silencio y yo caminaba sola por las calles desocupadas. Mi día de Navidad fui yo con los libros y algunos caminantes que me hablaban en portugués, allí me confundían con Brasil. Creo que esa es mi mejor valentía: la soledad y los libros.  El Río de la Plata todavía se me desborda por los ojos.

 

Buenos Aires

Tuve un romance bonaerense mucho antes de visitar la ciudad. Recuerdo que me describía los edificios con la misma terquedad con la que decía que yo no era negra o comentaba su pasado ario. Un día viajamos a Nueva York y escuchamos “La ciudad de la furia”.  No sé por qué conservo esa memoria. En fin, llegué a Buenos Aires y el Obelisco me impactó. Era una ciudad, ciudad. Un taxista me contó sobre prostitutas dominicanas y mi parecido. Un día estuve casi 20 minutos para conseguir un taxi, no me explico… La Plaza de Mayo me camina en la memoria.

 

Puerto Rico

Mi jardín florido. No sé bien cómo resumir algunas ficciones, quizás un libro, pero ciertamente es la casa o el lugar de referencia en todas mis aventuras. Me ha tocado explicarlo e ir tratando de entenderlo. No es que haya otro lugar como casa, pero al menos creo, pienso una casa. Aquí y allá es la misma turbulencia. Me niego a ponerme botas en Puerto Rico y hablar inglés en los centros turísticos.

 

 

 

 

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