Por Sylma García González

Me dijeron que el negro era el más abusador de todos. Que era un toro bravo, herramienta de opresión del Estado. Una bestia nacida para obedecer al amo. Sonaba casi a consigna política si no fuera por lo racista. A veces la izquierda tiene esos excesos. Desde una distancia prudente, miré en la dirección que me señalaron dos huelguistas, quienes ya habían tenido algún encuentro cercano con él. Allí, frente a la boca del tren de Plaza Universitaria, estaba el susodicho, un poco alejado del resto de sus compañeros. Medía casi siete pies. Era puro músculo, posiblemente con ayuda de anabólicos. Su piel aceitada de sudor brillaba en la distancia, reflejando la luz del sol del mediodía insoportable. Caminé simulando fijarme en los carteles de propaganda atados a la verja del Recinto hasta que estuve casi frente a él, pero del lado del portón principal. Lo observé de reojo. Agarraba su macana con ambas manos contra el pecho en posición de combate. Miraba más allá de mí, por detrás de las trincheras que impedían el paso al interior. Estaba a la defensiva. Fue justamente esa postura la que me evocó el recuerdo.

Bienvenido y yo nos hicimos amigos en la desgracia. Acababa de llegar al barrio con su abuela materna directo desde el Canal de la Mona. De sus padres nada se sabía. Tenía 8 años recién cumplidos, aunque parecía como de 12. Era el muchacho más negro que había visto en mi vida y eso que había visto muchos. De hecho, mi madre y yo éramos los únicos blancos de la calle y los únicos puertorriqueños. No era nada raro en una de las muchas callejuelas pobres y pintorescas de Barrio Obrero. Cada vez que llegaba alguien nuevo, sus paisanos lo recibían con amabilidad, como familia, pero con Bienvenido fue distinto porque era mitad haitiano. No era como ellos; era negro. Irónicamente, teníamos algo en común, el estigma de ser el negro y el blanco del barrio. Los tonos opuestos del arcoíris caribeño de nuestra calle.

Mi madre provenía de una familia de clase media de la que se alejó por causa de mi padre, quien demostró en poco tiempo que todos tenían razón con respecto a él. Era una fichita. Al poco tiempo de nacer yo, se fugó para Nueva York con una compañera de trabajo, abandonándonos a nuestra suerte. Como nos quedamos solos y sin recursos, nos tuvimos que mudar a una casita en el barrio cerca del supermercado en que ella consiguió trabajo. Desde que llegamos, hacía dos años, Mami se hizo detestar por todos, aunque daba la impresión de no percatarse de ello. Creo que estaba muy ocupada cocinando en sus entrañas, a fuego lentísimo, el rencor hacia mi padre. Nunca supe si lo odiaba porque lo había amado o porque, por su culpa, tenía que vivir en aquellas condiciones a las que no estaba acostumbrada. Lo que sí supe desde muy pequeño era que tendría que arreglármelas solo. Mi madre había quedado impedida para el amor.

Al principio, Bienvenido no mostró el más mínimo interés en mí. Era un chico callado, retraído. A penas salía de su casa. En la escuela, los otros chicos lo evitaban sin disimulo, pero a él parecía no importarle. Lo rechazaban por ser mestizo y le temían por su aspecto. Lamentablemente, yo no corría la misma suerte. Desde el año anterior era víctima constante de los abusos y las burlas de mis compañeros. Me tiraban tierra en el uniforme, me escondían el bulto, me pegaban chicle en el pelo, se burlaban de mí. Llegaba a mi casa destrozado, arruinado, pero aceptaba mi destino con resignación. Mi madre simulaba no darse cuenta de mi estado, así que yo me daba un baño y trataba de pasar el resto del día lo mejor posible para enfrentarme a aquello otra vez al día siguiente.

Una tarde, al final del semestre, cuando estaba a unos minutos de mi casa, me emboscaron en un terreno baldío. Eran tres. Los conocía. Vivían al final de la calle. Me declararon la guerra desde el día en que llegué al barrio. Supongo que me vieron como una especie de amenaza, una anomalía en su pequeña Quisqueya al otro lado del mar. Aquel espacio que por pobre que fuera les pertenecía; se lo habían ganado desde hacía varias generaciones. Sus vidas tampoco eran fáciles. Eran unos sobrevivientes; de alguna manera, todos lo éramos allí. Damián, el mayor del grupo, me tiró sobre una verja mohosa que casi no se aguataba en pie. A pesar de que estaba acostumbrado al abuso, era la primera vez que me golpeaban, así que me sentía aterrado. Mi constitución física no me permitía hacerle frente ni siquiera a uno solo de ellos. Me encontré acorralado, perdido. El primer puño me dejó sin aire, pero me salvó de aquella horrible anticipación. Al menos, después de unos cuantos golpes aquello pasaría finalmente. El segundo y el tercero, acompañados de insultos infantiles, me hicieron derramar las primeras gotas de sangre. Ya en el quinto sentí que pronto perdería la consciencia. De repente, Víctor, al que le correspondía el turno de pegarme, se detuvo de pronto. Entre la sangre y el sudor que nublaban mis ojos vi una silueta oscura que se acercaba entre la maleza. Traía en sus manos un bate, que agarraba con ambas manos contra el pecho en posición de combate. Estaba a la defensiva. Damián se atrevió a enfrentarlo y sufrió un duro golpe en la frente. Los otros dos corrieron calle abajo. Bienvenido se me acercó y me tendió la mano hasta que pude ponerme de pie. No me dejó agradecerle.

Desde ese momento, acabaron los abusos contra mí, pero las cosas en mi calle siguieron iguales. Éramos dos parias. Logramos superar la escuela elemental y la intermedia sin mayores contratiempos. Bienvenido me enseñó, más o menos, a defenderme. Por mi parte, lo ayudaba con las matemáticas. Para ese entonces, él ya había conseguido la ciudadanía. Hicimos un buen equipo hasta que llegamos al final de la escuela superior, cuando nuestros caminos se separaron. Mis planes eran ingresar al Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico a estudiar Administración de Empresas. Bienvenido quería meterse en la Policía, por la que sentía una verdadera fascinación. Siempre supe que había cierta agresividad acumulada en él; sin embargo, sospechaba que su admiración por la carrera policiaca venía de una necesidad escondida de pertenecer, de ser uno más en uniforme.

Lo que acabó con nuestra amistad fue una discusión que culminó con un puño suyo sobre mi ceja izquierda. Aún conservo la cicatriz. Hablábamos del incidente en que algunos estudiantes les sirvieron comida de perro a unos policías en la huelga anterior. Bienvenido estaba hecho una fiera. Vociferaba acerca de cómo los agentes debían hacerles tragar su ofensa literalmente. Apretaba los puños y daba golpes en el aire simulando lo que les hubiera hecho él de haber podido. Por unos instantes, vivió una fantasía de sangre, huesos rotos, gritos de dolor. Se refirió a los estudiantes como una sarta de vividores, delincuentes, vagos, escoria. Confieso que en mi fuero interno también reprobé esos actos, pero sus insultos y sus amenazas pudieron más que yo. Lo acusé de que solo le interesaba meterse a policía para poder desplegar sus instintos violentos impunemente, su salvajismo. Peor aún, le grité que no tenía aptitudes para nada más que para obedecer como lo que era… un perro. No había terminado bien de decir estas últimas palabras cuando saltó sobre mí y me dio un golpe sólido que me dejó fuera de combate por varios minutos. Unos meses después ingresó a la Academia y no supe más de él.

Un piquete relámpago frente al portón me devolvió al presente. Me incorporé a la línea porque temía que los ánimos se caldearan y quería estar allí para tratar de mediar de ser necesario. Aunque aún no terminaba mi doctorado, ofrecía un par de cursos subgraduados en Empresas. Un cuarto de hora después, el piquete había crecido mucho y los manifestantes amenazaban con tomar el vestíbulo de Plaza Universitaria. Los policías resistían el embate en aparente calma hasta que un objeto lanzado desde una dirección desconocida provocó el caos. En cuestión de segundos, todos corrían de un lado a otro dando gritos, mientras la Policía los perseguía a lo largo de la Ponce de León rumbo al centro de Río Piedras.

Me sentí superado por la situación. No sabía qué hacer, adónde ir. Instintivamente, lo busqué con la mirada. Lo divisé frente al portón peatonal. Tenía a un chico acorralado contra un muro de cemento. Se veía enorme, colosal. Corrí hacia ellos. Sostenía la macana en alto y una expresión indescifrable en los ojos. Respiraba con dificultad. Me interpuse entre los dos. El corazón me latía a toda prisa. No estaba seguro cómo terminaría aquello, pero fue lo único que se me ocurrió hacer en el momento. Estiró el brazo que tenía libre y me levantó en vilo por el cuello de la camisa. Tuve su cara a centímetros de la mía. Miró al chico y le dijo que se largara. El otro se alejó dando tropezones. Sentí algo que se parecía al alivio. Quise pensar que la escena le había recordado a otra. Me tiró contra el muro y me esposó por la espalda. Me dijo mis derechos con voz monótona. Caminamos rumbo a una patrulla cercana en silencio. Me entregó a uno de sus compañeros y, dándonos la espalda, volvió a su puesto frente al portón. A las dos semanas fue la vista de acusación, el policía que me había arrestado no se presentó.

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