Por Endika Basáñez Barrio

 Las hojas peleaban agrestes a lo largo de las escaleras. Subían rápido, dejaban llevarse y volvían a bajar, arañándose sin piedad. La silueta de su danza era atrayente ante sus ojos. Un remolino de sonido estremecedor a su alrededor se había situado ya en su propio epicentro, pero el mover de las hojas había paralizado su ser cual hechizo volátil. La gente gritaba, gritaba fuerte; corrían desesperados, lloraban su auxilio, buscaban la paz perdida. El caos había hecho presencia en el lugar y su presencia era aterradora. Sshhhh… Desordenaba todo aquello sobre lo que susurraba, parecía que el mar quería demostrar su ira soplando duro sobre los hombres, que ya habían pasado a convertirse en pequeñas figuras de papel para él. Eran suyas, siempre fueron suyas, pero ahora eran conscientes. Pero él siguió mirando, hipnotizado. A las hojas le siguieron toda clase de papeles, libros, material escolar y llegaron los escombros. El lugar se descomponía delante de él, pero, inmovilizado, seguía en pie. El vaivén de su pelo al capricho del viento, a la vez que su piel se endurecía por el frío, daba muestra de su vulnerabilidad. Brrrr. Él también era otro juguete. La contemplación silenciosa no cesó ante la destrucción y el desorden del caos. Entre el volcán inverso que crecía ante él comenzaron a distinguirse los juguitos frescos que bebía con sorbeto en la clase de literatura, los cafés que compartía apresurado con sus compañeros entre cambio de aulas, los cigarrillos de liar que jamás le daba tiempo a terminar antes de entrar en inglés, el crujir caliente de los sángüiches que compraba a dos dólares en el puesto cercano a la sala de exposiciones. Entre los bailarines improvisados empezó a ver las ramas de los árboles que le daban sombra en los días de luz y calor, la raíces de las plantas que solía regar con el sobrante del agua de su botella antes de rellenarla y la tierra sobre la que escupía en las temporadas de catarro. Magníficas serendipias- pensó. La fuerza de la ira pudo con sus libras y él también comenzó a volar, ahora se sentía parte de su pasado más inmediato, ahora era ya parte de los actantes de su propia historia. En su despegue vislumbró el Quijote, una foto de Julia de Burgos semipartida en dos y un vaso de cartón barato en el que se leía esprait. El vuelo alcanzó su clímax ante la mirada de un testigo accidental que presenció la contusión de la cabeza del joven contra la pared. En su puño cerrado, paciente inmóvil, guardaba su más valioso recaudo al tiempo: un viejo lapicero mordisqueado por los nervios previos y curvado por la rabia intrínseca a la impotencia.

Un coquí mojado cuyos ojos pronunciaban una mirada eviterna presenció curioso la estampa que su cuerpo, entre maleza y cascotes, dibujaba. Co-quí, co-quí, co-quí. Alzó la cabeza, aun malherido, sopló el polvo que enterraba sus facciones y recuperó su pequeño tesoro para comenzar a reconstruir rápido la memoria del caos. Co-quí, co-quí, co-quí.

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