de Eduardo Negrón Medina

“The concept of progress acts as a protective mechanism to shield us from the terrors of the future.”

-Frank Herbert

          La moral, los valores y las perspectivas compartidas por las mayorías, tanto históricas como contemporáneas, responden a circunstancias específicas que posibilitan la gestión de ciertas maneras de conceptualizar lo ‘real’. Desnudar dichas circunstancias desde una serie de cuentos de ciencia ficción entrelazados por la presencia de Monsanto, una conocida multinacional maquiavélicamente eficaz en sus ambiciones expansionistas, parece ser el punto de partida del excelente libro de Alexandra Pagán Vélez, horror-REAL (2016). En un mundo posible, muy parecido al nuestro, presenciamos epidemias de suicidios, “cyborgs” encargados de la crianza de jóvenes, trasplantes de cuerpo, hospitales tipo Facebook, “reality tv” matricida y, como si faltaran métodos para desautomatizar la lectura, antropofagia infantil. Evitaré detallar el contenido de los cuentos para no estropear sus lecturas, pero no crean que el valor del texto depende únicamente de la novedad del primer contacto. Al contrario, el mismo se presta para múltiples lecturas críticas sobre cómo hemos llegado a ser lo que somos, individual y colectivamente, y hacia dónde nos dirigimos según la visión de mundo latente en las primeras décadas del siglo XXI.

En los siete cuentos que componen horror-REAL se perfila una batalla aparentemente perdida a través del tiempo, no lineal, por lo que le queda de humanidad al ser humano en un contexto neoliberal. El primer cuento, “Apocalipsis”, nos inserta en un país donde el suicidio e infanticidio han mermado la población, a causa de un arma biológica, hasta llevarlo a un estado de emergencia: “El país necesitaba gente que lo poblara, que produjera, que consumiera, que permitiera el curso natural de la sociedad; de allí que los niños y los recién nacidos se custodiaran cuidadosamente” (17). Las farmacéuticas transatlánticas e intercontinentales recibieron cantidades inmensas de fondos para encontrar la cura. No sería descabellado, aunque el texto no lo explicite, sospechar que dichas compañías tuvieron algo que ver con la accidentada epidemia que resultó del arma biológica diseminada. Los adultos mitigaron los efectos de la infección con fármacos psiquiátricos y los menores de edad fueron recluidos en orfanatos supervisados por “cyborgs”. La crianza de los jóvenes, desde su nacimiento hasta los veintiún años de edad, iba orientada hacia la formación de ciudadanos dóciles. El proyecto fue exitoso y eventualmente se recuperó el país, pero hubo un grupo de seres humanos, los nómadas, que desde los troncos de los árboles y las profundidades subterráneas resistieron dicha normativización de las relaciones sociales. Suix, una adolescente aventurera de los nómadas, y LZ34, un joven que decidió y logró escapar de uno de los orfanatos gubernamentales, tienen un encuentro que produce uno de mis pasajes favoritos en el texto por el humor y la ternura que aparecen inesperadamente:

Se sentaron agotados. Suix sonreía sin parar ante los comentarios simples y robotizados de LZ34. LZ34 brincaba de susto ante las carcajadas, se alejaba del tacto de Suix. Pero ambos miraron el atardecer suponiendo que cada cual regresaría a su grupo al día siguiente. Hubo un contagio de caracteres, un deseo de pertenecer y de ser el otro. Mientras Suix dormía, LZ34 practicaba sonreír (23).

El segundo cuento, “Ella”, trata un tema que nunca está de más discutir: la violencia que los hombres ejercen en contra de las mujeres cotidianamente y cómo las marcas psíquicas del abuso son capaces de superar hasta el trasplante de la conciencia a otro cuerpo. Una mujer muere porque su marido no pudo controlarse. Monsanto, ya habiendo acaparado el control sobre la producción y el suministro de alimentos tras la aceptación universal de sus productos transgénicos, descubre el genoma de la memoria y la conciencia. Ello posibilita la relocalización de la personalidad de la víctima en otro cuerpo, el de Suix. Para conocer los detalles y el desenlace de “Ella”, les recomiendo que lean el cuento. Solo les adelanto que se problematizan el cogito ergo sum cartesiano, la dualidad mente-cuerpo y la persistencia de la memoria.

“El surgimiento de las Clínicas Tanásicas”, título del tercer cuento, nos recibe con en el debate sobre el derecho que tienen los individuos a la muerte voluntaria. Los mismos grupos religiosos que protestan el aborto y la eutanasia, como es de esperar, se oponen y consiguen regular la industria de las clínicas que prestan dicho servicio. Las regulaciones redundaron en beneficios para las investigaciones en los laboratorios farmacéuticos de Monsanto y sus negocios, algo ya sugerido en el cuento anterior (“Ella”), ya que las Clínicas Tanásicas ofrecían un suministro de cuerpos para personas interesadas en transferencias de conciencia. Donde hay potencial de lucro, como se observa a través del desarrollo de la narración, hay corrupción.

El cuarto cuento, “Sala de Urgencias”, nos presenta cómo sería un hospital administrado por los intereses corporativos del “social media”. Los dolientes son considerados como clientes en vez de pacientes. Se exige según la ley que todo cliente admitido debe tomarse “selfies” y hacer y subir, por lo menos, dos “posts” al día. Todo esto subraya algo que observamos cada día más y más: la normalización del prescindir del contacto en persona no mediatizado por intereses corporativos y su sustitución por la frialdad de las distancias entre seres humanos que se comunican con gadgets que nos convierten en “billboards” ambulantes. De no poder cubrir los gastos de estadía y tratamiento, la ley establece que el cliente debe vender sus propiedades inmuebles. De no poseerlas, pagará la deuda trabajando en la “fábrica de la Cárcel Metropolitana” hasta que reúna la cantidad estipulada. Si bien es cierto que tienen vacunas para todas las enfermedades habidas y por haber, y hasta te hacen arreglos cosméticos como parte del combo, en el mundo que nos dibuja la voz narrativa de “Sala de Urgencias” un cliente que no pueda pagar deudas incurridas mediante emergencias médicas terminará criminalizado, recluido y forzado a trabajar en beneficio de un Facebook con sueros, vacunas y Botox.

El próximo cuento, “horror-REAL”, señala una de las condiciones fundamentales de la distopía: la desinformación. Monsanto, McDonald’s, Trump Embassies y Walmart auspician un programa de televisión tipo “reality tv” en el que el concursante que demuestre mayor crueldad tendrá la dicha de ganar millonadas vía depósito directo. Irónicamente, además de los ilustres patrocinadores antes mencionados, el programa, titulado horror-REAL, cuenta con el auspicio de “la Campaña en Pro de Información Real y Verdadera; juntos luchamos por el acceso a la libre información, al libre derecho de elegir qué vemos y cómo lo vemos” (42). El valor del espectáculo estriba en la decisión del concursante ante la siguiente pregunta: ¿destriparías a tu madre por treinta millones de dólares? Mientras menos escrúpulos, mayor ganancia; mientras menos prudencia se tenga en el manejo de la información que consumimos, menos escrupulosos seremos. El consumo de ‘información transgénica’ imposibilita el pensamiento crítico necesario para reconocer que nos están alimentando con información chatarra.

Uno de los aspectos interesantes de esta agrupación de cuentos es la dificultad que causa precisar el transcurso de los años entre relatos. El penúltimo cuento, “El tiempo”, juega con el lector al confundirlo ante un aparente cambio de enfoque; ya no hay suicidas, ni asesinatos, ni clínicas que trafican en cuerpos humanos sino un Centro de Investigación Cuántica en el cual labora una tesista con ambiciones del Nobel. La estudiante graduada de Física Pura ha descubierto que puede viajar en el tiempo, solo tres segundos hacia el pasado que se estiran en cinco minutos reales para ella, al insertarse en un agujero en una de las máquinas del laboratorio. Aprovechando el tiempo que parece estar ganando, la joven intelectual le dedica cinco días consecutivos, trocando tres segundos hacia el pasado por cinco minutos de presente, a la terminación de su tesis. El final del relato no resulta menos perturbador que los que nos han llevado hasta aquí.

Finalmente tenemos “Hambre”, el cuento que cierra horror-REAL. El mundo de nodrizas “cyborgs” y transferencias de conciencia parece haber sufrido una catástrofe nuclear. Los sobrevivientes viven en colmenas, acechados por bestias feroces y obligados a rendir tributos humanos a los residuos del brazo militar del Estado colapsado. La protagonista de “Hambre”, posiblemente hija de la estudiante de “El tiempo”, presencia y participa de actos de canibalismo. La joven nómada se cuestiona la realidad que le ha tocado vivir y la compara con los programas televisados durante su niñez. La genealogía de la visión de mundo contemporánea, la realidad manufacturada por los intereses que reducen el ser humano a meros objetos de consumo, ha sido trazada en los seis cuentos que preludian el final. En el séptimo, los vestigios de humanidad que se han ido perdiendo a lo largo de horror-REAL sueltan los últimos destellos de esperanza ante la aplanadora neoliberal de instituciones como Monsanto. No es casualidad que el último cuento se titule “Hambre”.

Desde la urgencia suscitada por los horrores reales que experimentan los personajes de sus cuentos, la obra de Pagán Vélez desvela las condiciones que posibilitan la deshumanización de una sociedad. La precarización de la salud y de la educación de un pueblo suele ser el principio de todo proyecto homogeneizador de explotación económica. El quebrantamiento de los vínculos familiares entre seres queridos ante los intereses del capital transforma la manera en que definimos nuestros valores, nuestra importancia y nuestras maneras de conceptualizar lo ‘real’. La literatura, como motor de la reflexión crítica, nos da la posibilidad de desengañarnos de las promesas idílicas del discurso del progreso que emplean los intereses corporativos. Mas la visión de mundo que tenemos hoy en día no hace más que deslumbrarnos con los milagros de la tecnología. No hay nada intrínsecamente malo en los desarrollos tecnológicos de la posmodernidad, sería absurdo despreciar los avances médicos que mitigan el sufrimiento humano. Pero, ¿de qué vale un traslado de conciencia a otro cuerpo si seguimos en un patrón de abuso? ¿De qué vale una vacuna para el Alzheimer si nos quitan la posibilidad de haber tenido una vida digna de recordar?

 

Bibliografía:

Herbert, Frank. Dune. Ace Books, 1999.

Pagán Vélez, Alexandra. horror-REAL. Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2016.

 

 

 

 

 

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