de Mildred Candelario-Rodríguez

Meterle mano a “Viaje a La Casita”, de César Colón Montijo, supone participar de varios rumbones. El texto se organiza a partir de siete ‘plenazos’: “Plena en vaivén”, “Soy como el coquí”, “En familia”, “Los Instantáneos de la Plena”, “El maestro Benny Ayala”, “Una plenita” y “Un aguacero”. Una imagen le precede a cada texto; de manera que, cada imagen sirve como una especie de pie forzado para la ‘plena’ o crónica que comenzará. Cada crónica funciona por sí sola; es decir, es posible leer cada ‘plena’ de manera individual o todas, como un conjunto que guarda relaciones. Desde el inicio, el cronista nos pone en contacto con el Rincón Criollo o La Casita de Chema, la primera estructura de madera construida por boricuas en el Bronx. Este espacio desempeña la labor de darles continuidad a unas tradiciones, así como de entretener y educar: “Aunque muchas de las casitas han desaparecido debido al desarrollo urbano, las que sobreviven adquirieron con el tiempo una personalidad propia como centros culturales comunitarios” (Colón 18).

Aquí también los objetos cuentan historias. Las imágenes de pleneros y músicos que están en las paredes, por ejemplo, son parte de un acervo de recuerdos que a su vez forman una especie de panteón sagrado de ancestros. Así, se insiste en preservar unos símbolos que remiten a elementos de la cultura popular puertorriqueña. Son una especie de “espectros sonoros que habitan en fotos las paredes de La Casita, que viven en cuentos y anécdotas que se hacen plenas” (Colón 45). A su vez, La Casita actúa como un tipo de museo, del pueblo y para el pueblo, donde se celebran ritos comunitarios. Tanto los objetos materiales, como las actividades musicales, reconstruyen una memoria individual y colectiva.

La plena, como práctica cultural cotidiana, espontánea, y como signo de identidades para el enclave de la comunidad puertorriqueña en Nueva York, forma parte intrínseca del lugar[1]. Juan Flores señala: “The plena is the musical expression of the casita and its cultural habitat; its tones and themes seem to mesh perfectly with the collective needs and moods of the people” (67). Algunas plenas que allí se tocan manifiestan nostalgia de un pasado, de lo que se dejó atrás o de un paisaje que se piensa irrecuperable. Todos los elementos que configuran La Casita suponen una extensión geográfica de Puerto Rico en el sur del Bronx y les brinda un sentido de pertenencia y cohesión a boricuas en la diáspora. Como sugiere Juan Otero Garabís, existe una similitud de experiencias que posibilitan que se imaginen algunas calles de Nueva York y de otras ciudades de Estados Unidos como parte del terruño (párr.8). Además, de modo concreto, Otero propone pensar las casitas en El Barrio como parte del paisaje nacional, en el ejercicio de ampliar las nociones sobre las identidades puertorriqueñas. Por su lado, y sobre este particular, Arcadio Díaz Quiñones expresa:

la ‘afirmación’ de una identidad cultural monolítica y excluyente no permite reconocer los muchos espacios, tiempos, creencias y contextos locales que conforman la constitución misma de lo puertorriqueño. La negación de ese tipo de hechos requiere gran violencia interpretativa y fronteras muy rígidas. De hecho, nada hay tan parecido a las exclusiones puertorriqueñas como el nacionalismo conservador de influyentes sectores estadounidenses que también se quieren puros y monolingües. En ambos casos, el ‘nosotros’ se contrapone a un ‘ellos’ que debe permanecer fuera, tan exótico como cualquier lejano país. (76)

El cronista se refiere constantemente a los vaivenes de los sujetos y a las tradiciones; también, es capaz de identificar y valorar los desplazamientos pues los conceptualiza como parte de su formación. En otras palabras, está atento e intenta recoger esos relatos de idas, regresos y esa “errancia plenera” (Colón 43). Esto demuestra que, para él, los circuitos son indispensables en aras de comprender la cultura puertorriqueña (Otero parr. 11). Asimismo, este observador nota el carácter efímero de la improvisación de algunas plenas puesto que nunca se vuelven a tocar. Se identifica como puertorriqueño de la diáspora, y sus visitas a La Casita implican toda una experiencia significativa. Por ejemplo, a partir de los plenazos en los que participa, conoce historias y reconstruye una especie de memoria colectiva de la comunidad que habita y transita por La Casita:

Tiene uno que poder oído en tierra desde que llega al Rincón porque como dicen los que son de ahí, después que uno cruza el portón de entrada, esa yarda se siente como un pedacito de Puerto Rico en el Sur del Bronx. Sus canciones narran historias que van y vienen, que vacilan en el tiempo, que son de ahí y son de allá. Son plenas que se menean afincadas en afectos, dolores, memorias, amores, rones, cultivos, jugadas, peleas, panas, esquinas, nostalgias, vellones, alegrías, tristezas, llegadas y despedidas. (Colón 15)

Este narrador pone atención a las prácticas culturales del espacio. Narra las plenas como relatos que suponen una continuidad con el lugar de origen y como preservación de una tradición. La Casita se propone como experiencia  que “altera los sentidos” (31) y supone “entrar a otra dimensión” (32). Asimismo, implica un refugio, contribuye a la educación sentimental y funge como un modo de escapar de la ciudad.

La crónica resulta un género adecuado para dar cuenta de El Rincón Criollo puesto que le confiere a los escritos cierto aire de cercanía. De igual manera, es notable un afán por retratar, dar detalles de lo cotidiano y de narrar un microcosmos. En varias instancias, también es evidente el sentimiento que le causa al cronista el hablar de La Casita  puesto que se identifica, así como supone un espacio que lo acerca a su lugar de origen y donde puede compartir con compatriotas: “Aquella fue otra de esas tardes de plena intensa. Allí volví a conectar con la gente local y me junté con amistades viejas y nuevas que se acercaron a vacilar. Ese día, como suele ser, llegó la familia extendida a La Casita” (73).

A través de este cronista que describe, organiza, descubre, investiga, entrevista e indaga, el lector reconstruye simbólicamente La Casita, ese espacio alterno en la ciudad que funciona como enclave. También, articula aquellos cuentos de camino que ha ido escuchando y que promueven que estar en esa estructura es estar en una extensión de la Isla; es como estar en Puerto Rico. De modo particular, la réplica se asemeja a muchas estructuras que se encuentran o han estado en barrios en la Isla. Sin embargo, a pesar de lo que evoca el aspecto del espacio y de los objetos materiales que alberga, la significación del lugar se relaciona estrechamente con la actividad musical. Las sesiones musicales que allí suceden son capaces de transportar a los participantes a otro espacio; por ejemplo, a Santurce. Esto provoca que se le confiera un nuevo sentido a La Casita que ocupan ahora. Aunque la estructura se ubique al margen de una ciudad, los que la habitan o se desplazan por ella, la convierten en una especie de centro.

Es más, el acto de transitar por y estar en La Casita, hasta les ayuda a los pleneros, visitantes y demás sujetos a bregar con las condiciones climáticas, las carencias, las distancias y la marginación. Arcadio Díaz Quiñones plantea, en este sentido, que para los puertorriqueños, el ‘bregar’ supone “una especie de salvoconducto” (83). Además, propone que la ‘brega’:

no será el salto al reino de la libertad, ni tampoco el martirio o la redención. Es más bien un sistema de decisiones y de indecisiones, un ten con ten que les ha permitido a muchos agenciárselas en un mundo clasista y racista en la isla, y más aún en los Estados Unidos. Funciona como un mecanismo de desplazamiento que permite manejar contradicciones sin apelar a la violencia, colocar la acción en una línea lejana y prometedora, aun cuando ello genere identidades enigmáticas. (62)

También, este estudioso señala que en momentos críticos han sido las organizaciones formadas en la emigración quienes han luchado por los derechos y las integridad de las diferencias puertorriqueñas. Reconoce que en la diáspora, tanto los puertorriqueños monolingües, como los bilingües, han reivindicado el respeto a sus valores culturales, y no han cesado de ser partícipes y solidarios en distintos procesos políticos y sociales (77).

En medio de desplazamientos y marginaciones, los actos que ocurren en La Casita se proponen como una de esas formas de bregar, como pequeños gestos de resistencia y sobrevivencia (Colón 36). El espacio supone un punto común entre sujetos que buscan o se identifican con elementos similares. A partir de las memorias y vivencias de Don Chema y del cronista, se percibe una añoranza desde Nueva York; se celebra, se sufre y se resiste. En este lugar se desarrollan lazos afectivos y sonoros. De cierto modo, esta réplica tiene el efecto de acortar distancias espacio-temporales y entraña un regreso simbólico al hogar. Sobre todo, los plenazos afirman, visibilizan y valoran unas identidades culturales. Por aquí transitan sujetos con saberes populares que articulan su propia condición y que, en ese espacio, tienen contacto con lo que reconocen como su raíz: su música.

Notas al calce:

[1] Para Juan Flores, en “ ‘Bumbún’ and the Beginnings of Plena Music”, la plena supone: “that form of popular music which arose at the beginning of the Century in the sugar-growing areas along the southern coast of the Island, and which within a generation, by the 1930s, came to be recognized by many as an authentic and representative music of the Puerto Rican people”.

 

Bibliografía:

Colón Montijo, César. Viaje a La Casita: Notas de plena en el Rincón Criollo. Instituto de

Cultura Puertorriqueña, 2016. Impreso.

Díaz Quiñones, Arcadio. “De cómo y cuando bregar”. El arte de bregar: ensayos. Ediciones

Callejón, 2000. Pp.19-87. Impreso.

Flores, Juan. “Salvación Casita: Space, Performance, and Community”. From Bomba to Hip-

Hop: Puerto Rican Culture and Latino Identity. Columbia University Press, 2000. Pp. 63-77. Impreso.

Otero Garabís, Juan. “Reimaginando la geografía”. 80grados. 14 feb. 2014. Web.

 

 

 

 

 

 

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