de Irving Saúl Rodríguez Acosta

 

24 de junio de 1961

 

Sobre lo que me escribiste, creo que sí, podré pasar el mes que viene sin problemas. Perdona por no haberte contestado a tiempo, hoy por fin aproveché el momento para escribirte. Ha sido una semana muy larga. No he tenido el tiempo con todo el trabajo en la fábrica. En especial con esos rumores que se han dado de cerrarla y todo lo relacionado con los grupos huelguistas en contra. Más Jaime llega hoy de su viaje. Creo que ya te lo había comentado en la carta anterior. Estoy ansiosa. Sé que te darás cuenta, me tomo muchas pausas al escribir, ¿no? Nuestro hijo también está ansioso. No ha parado de hacerme preguntas que entiendo justas para su edad. Algunas no las contesté porque ni yo misma estoy lista. Las que sí contesté incluso siento que no pude contestarlas bien. Quiero que se las contestes en su debido tiempo.

Creo que es justo decirte que iré con mi madre al aeropuerto a eso de las ocho de la mañana. Aunque él llega a las diez quiero llevar al pequeño al parque y dejar que goce de los aviones. Se ha pasado toda la mañana haciendo aviones de papel. Fue una imagen muy hermosa. Yo sé que te extraña también aunque no te reconozca y espero que puedas volver a verlo pronto. Tiene tus ojos. Igual de pequeños y oscuros. También su nariz es la tuya. Ancha. Lo veo y te recuerdo. Ha adquirido tu costumbre de fruncir el ceño y abrir su nariz cuando se molesta y a veces la deja aletear para hacerme reír. No sé porque te cuento estas cosas. Ya sabes como soy cuando te recuerdo.

Te escribiré más pronto.

Lo prometo.

 

 

Espero que perdones lo corto de esta carta

Con amor,

 L.

 

 

 

 

 

24 de junio de 1961

 

 

Sobre lo que me escribiste, creo que sí, podré pasar el mes que viene sin problemas. Perdona por no haberte contestado a tiempo, hoy por fin aproveché el momento para escribirte. Ha sido una semana muy larga. No he tenido el tiempo con todo el trabajo en la fábrica. En especial con esos rumores que se han dado de cerrarla y todo lo relacionado con los grupos huelguistas en contra. Más Jaime llega hoy de su viaje. Creo que ya te lo había comentado en la carta anterior. Estoy ansiosa. Sé que te darás cuenta, me tomo muchas pausas al escribir, ¿no? Nuestro hijo también está ansioso. No ha parado de hacerme preguntas que entiendo justas para su edad. Algunas no las contesté porque ni yo misma estoy lista. Las que sí contesté incluso siento que no pude contestarlas bien. Quiero que se las contestes en su debido tiempo.

Quisiera contarte algo pero no sé cómo hacerlo. Tengo una extraña sensación de que el día de hoy ya lo he vivido, ¿te ha pasado antes? Creo que ya lo había notado durante el día pero no tanto como ahora cuando empecé a escribirte esta carta. Qué extraña es la vida. Bueno, solo quería decirte que mañana iré al aeropuerto temprano para que el pequeño vea los aviones. Se ha pasado haciendo aviones de papel y ha llenado su cuarto de ellos. Tenemos un hijo hermoso.

¡Espero verte pronto!

 

 

Con amor,
L.

 

 

 

 

 

24 de junio de 1961

 

 

Sobre lo que me escribiste, creo que sí, podré pasar el mes que viene sin problemas. Perdona por no haberte contestado a tiempo, hoy por fin tuve el tiempo de escribirte. Ha sido una semana muy larga. No he tenido el tiempo con todo el trabajo en la fábrica.

Estuve unos cuantos minutos releyendo esas cuatro oraciones que te escribí sin saber explicarte la extraña sensación que siento ahora en mi estómago. Es como una nausea. Ni sé cómo explicártelo pero creo haber soñado que te escribí esas mismas palabras. Pero se siente más como si ayer ya te hubiera escrito esta carta. Me pasó algo similar hace unas horas. Nuestro hijo nos preguntó si Jaime era su verdadero padre. No sé por qué sentí que ya ayer le había contestado la misma pregunta. Se ha pasado jugando con aviones de papel y uno en particular, el único color azul, lo llevo aun en la memoria. Puedo verlo en sus diminutas manos un segundo antes de que decidiese abrir sus pequeños dedos para que volase. Entonces no vuela y cae. Pero lo recoge nuevamente y comienza a correr por la casa aguantándolo en sus manos y haciendo sonidos de niño con sus labios. Te diría, como siempre te digo, que fue hermoso. Pero no me alegré ni un instante de esa imagen tan hermosa de nuestro hijo porque ya sentía que lo había vivido ayer. ¿Me estaré volviendo loca? Hasta el modo en como ahora mismo la brisa mueve las hojas del árbol del patio y baña de sombras este papel me hace sentir que estoy soñando un sueño repetido. Puedo incluso avecinar el cantar de las aves que sé que en tres o cuatro segundos llenarán mis oídos. ¿Cómo puedo escuchar un sonido tan particular dos veces y sentir que es el mismo sonido?

Me empecé a reír sola, de ese modo en como a ti te gusta, y comprendí que es posible contestar esa pregunta.

Ya casi olvido la razón de esta carta. Quería que supieras que Jaime regresa mañana de su viaje e iré con mi madre a buscarlo. Su vuelo llega a las diez de la mañana. Si no te escribo de aquí al lunes sabes que es por eso. En fin, ¿nos veremos dentro de un mes, no? Entiendo que Jaime sólo estará acá por ese corto tiempo y luego será más fácil escribirte. E incluso verte.

Espero tu respuesta, y lamento la absurda palabrería que te he escrito.

Sé que te reirás un poco, y eso me alegra.

 

Te quiere,

L.

 

 

 

 

 

24 de junio de 1961

 

Tengo miedo Augusto. Lo siento aquí en mis costillas, como un frío que se eleva hasta mis senos para morir en mis axilas. Abrí los ojos esta mañana pensando que era veinticinco de junio, pero por alguna extraña razón no lo es. Me di cuenta por la reconocida manera en como estaba la luz entrando a mi cuarto y el modo en como las cortinas se movían, repitiendo una danza. Me quedé en la cama paralizada. Luego me quité las sábanas del cuerpo y le di al piso frío mis pies cálidos. Fue un contraste ya vivido que destruí cuando luego me paré frente a la ventana que da para el patio y moví un poco la cortina para poder mirar hacia afuera. Es el mismo día de ayer nuevamente, Augusto. Mis ojos no me mienten. Vi las mismas nubes con las mismas formas y el mismo silencio de las seis de la mañana saludarme del mismo modo en cómo se saluda a una fotografía. Luego escuché al niño levantarse. Abrió la puerta del cuarto con los ojos soñolientos aún. Le hice desayuno y me preguntó lo que ya le había contestado ayer y entonces me di cuenta de algo aún más aterrador.

¿Cuántas veces he estado viviendo este día sin saberlo?

Llamé a mi madre para que se lo llevara de paseo y aquí me quedé. En mi cuarto. Sola. Pensando sólo en esa pregunta cuando se me ocurrió escribirte y no pude. Miré el papel en blanco con la pluma en la mano reconociendo que sería inútil escribirte e ir al correo más tarde para enviarte una carta si mañana despertaría como hoy y todo lo que haga quede en vano.

Entonces me di cuenta que no estaba sola.

Cuando mi ojo viajó por un instante hacia la ventana me di cuenta que alguien me miraba pensar escribirte. Ante ese contacto de mis ojos y el descubrimiento salió corriendo. Entonces me paré y al ver por la ventana sólo pude ver su pelo salir de mi cuadro visual hacia las profundidades del patio. Salí de inmediato, pisando sin culpa unos aviones de papel que nuestro hijo ha estado haciendo desde hace un tiempo ya, y cuando abrí la puerta al jardín me encontré conmigo misma. Estaba parada de espaldas, mirando el árbol del patio fijamente. Nunca me había visto de ese modo y ahí fue que comencé a sentir este frio en mis costillas. Era yo. No sé cómo explicarlo pero era yo, y de algún modo ella supo que estaría ahí parada en la puerta que da al jardín y salió corriendo, sin mirarme.

No me perseguí porque el miedo ya había subido hasta mi cuello.

Cerré la puerta que da al jardín, como también la puerta de entrada y la de mi cuarto y aquí me encuentro. Con las tres llaves en la mano escribiéndote con un sudor que no se me va del cuerpo, y sólo lo hago porque si no escribo no sabría qué más hacer.

Voy a terminar aquí por hoy porque realmente no sé si estoy soñando y anhelo despertar.

Creo que será mejor que me quede con mi madre y el pequeño todo el día.

 

No me atrevo ni a firmar una despedida.

 

 

 

Si la memoria no me falla ya es la tercera o quinta vez que escribo dándome cuenta de la fatalidad de este día que parece ser siempre un veinticuatro de junio. No le escribo a nadie hoy. Sólo a mí, pues de nada vale seguir despertando hoy sin ser hoy. Debe ser veintisiete o veintiocho de junio aunque no lo sea. Se supone que Jaime estuviera aquí con nosotros y no lo está.

 

Ya no sé qué hacer.

 

 

 

 

 

24 de junio:

 

El niño se levanta, y le hago desayuno.

Limpio un poco la casa.

Llamó a mi madre para confirmar y me asegura que todo está bien.

Cocino.

Le escribo a Augusto.

Jaime me llama y le pongo al niño para que lo salude. No discutimos.

Salgo al correo.

Regreso a cocinar.

Veo un poco de televisión.

Acuesto al pequeño.

Leo un poco antes de dormir.

Despierto de nuevo un veinticuatro de junio sin saber qué hacer. Estoy realmente desesperada y me siento estúpida escribiendo. Siento cada acto como parte de una lista que ya debí escribir repetidas veces.

 

Me pregunto qué pasaría si me hago daño.

 

Acabo de ir a la cocina, pensé cortarme con el cuchillo y ver si mañana aparece en mí alguna marca. Pero me dio miedo, así que ahí lo dejé.

 

Encontré un alfiler. Me acabo de hacer tres pequeños puntos en la mano. Se me olvidó que con esa mano escribo y ahora estoy manchando el papel con un poco de sangre.

 

Esto se siente realmente estúpido.

 

 

 

 

 

Desperté y no hay nada en mi mano. Ni una cicatriz. Mi piel sigue siendo la misma.

 

Creo que volveré a intentar lo del cuchillo.

 

 

 

 

 

 

Ayer me corté bastante, a escondidas del pequeño. Fue doloroso.

Nuevamente fue inútil, hoy no hay nada, ni los puntos de sangre. Absolutamente nada.

 

No sé ni porqué escribo si mañana el papel seguirá encontrándose vacío.

 

 

 

 

 

 

Volví a hacer algo absurdo: me até las sábanas al cuello y me lancé.

Para mi sorpresa, después de romperme los huesos, desperté en mi cama de un brinco.

Y aquí estoy nuevamente.

 

Ni la muerte puede salvarme de este día.

 

 

 

 

 

 

Durante días he intentado lo imposible. Lo que sí ha cambiado es que no me he visto de nuevo tras la ventana. No aparezco. Entonces decidí sentarme a escribir, para así repetir el acto que me hizo presente tras de ella y dejar de hacer cosas que a fin de cuenta no llevan a nada más que a desesperarme cuando abro los ojos. Esto es lo que hago. Miro la pluma moverse sobre el papel haciendo estos trazos que definen mi letra con una lentitud que no podrá ser reconocida por nadie más. Me encanta cómo se siente poner un punto y esa sensación al comienzo de una or

 

 

 

 

 

No sé a quién escribirle los sucesos que acontecieron justo cuando alcé la vista y me encontré a mí misma mirándome por la ventana mientras escribía lo anterior. Pues ya mucho ha cambiado y comprendo que ya nada importa. Tal vez me siento obligada por naturaleza. Pero mientras caminaba por el cuarto de esquina a esquina al regresar, no pude evitar ver el papel ahí quieto sujetado por la pluma y seduciéndome con el vacío. Quiero contar esto, aunque “mañana” de igual modo puede que siga siendo sólo una palabra sin sentido. Me miré mirarme. Me miré correr asustada hasta desaparecer de la ventana y sólo dejar trazos de mi pelo en el reflejo del cristal. Me levanté y corrí a la puerta del jardín, tropezando casi en la esquina, y abrí la puerta de golpe. No me asusté. Quiero decir, la otra yo, no se asustó y se quedó parada de espaldas mirando el árbol. Luego salió corriendo y cuando pensé perseguirla escuché una voz a mis espaldas. Sólo decía una palabra:

-No.

No quise mirar hacia atrás porque reconocía mi propia voz y no había razón para mirarme de frente cuando ya me estaba mirando de espaldas. Aún no. Entonces, en vez de perseguirme, decidí correr hacia el lado opuesto dejando a la tercera yo allá adentro en el pasillo. Le di la vuelta a la casa reconociendo ya tarde que estaba descalza. Me detuve al frente de la casa y subí al balcón para abrir la puerta con lentitud y paciencia. Entré sintiéndome como una desconocida. Hasta que vi los aviones de papel del pequeño en el pasillo que da para el patio y me percaté de que el azul hacía falta. Decidí buscarlo y ya cerca de su cuarto escuché un ruido en la cocina. Volteé el rostro antes que el cuerpo, sintiendo que así escucharía mejor, pero realmente se escuchaba igual de distante. Caminé lentamente en dirección a la cocina, pegando mi espalda al pecho de las paredes laterales, dejando mis dedos navegar por el viento de sus grietas y moretones. Entonces, solo dejé la mitad de mi rostro deslizarse por la esquina de la cocina para observar. Allí me vi de nuevo, cocinando desayuno para el pequeño. Y aunque para mí eran las cuatro de la tarde para ella debió ser las seis de la mañana de un veinticuatro de junio. Como ya había encontrado el avión de papel azul en las manos del pequeño decidí retirarme y seguir mi camino hacia el patio para buscarme nuevamente. Pensé que estaría en el flamboyán acostada en sus raíces. Pero me equivoqué. Las flores rojas no me servían para nada en aquel instante, ni para la nostalgia de tu nombre, así que volví a la casa. Podía ver en esa corta distancia que la puerta se había cerrado y volví a equivocarme en cuanto a la nostalgia cuando parada bajo el árbol comencé a extrañarte. Cada respiración me achicaba los pulmones hasta hacerlos tan pequeños que podían caber en mi garganta. Entonces ahí eran tan amargos que quise sacarlos por mis ojos cuando comencé a caminar, ¿y sabes algo Augusto?, me dolió siempre que pensarás que todos los besos fueron venganza, que pensaras que todas las primeras cartas hayan sido quemadas y que no pudieras comprender que me alejé de ti por tanto veneno dejado en mis entrañas. Aún cargo con tu perdón por tanto resentimiento, y sé que no lo merezco. Ese perdón que no se dice y que aun aprendo a contestar con cartas de mi añoranza hacía ti. Es un perdón que no me pertenece. Es triste esta historia que llevamos en silencio y que, sin darme cuenta, logré presenciar con ojo ausente colocando mis manos sobre la ventana para verme escribirte con ese arrepentimiento de no haber aprendido a perdonarte a tiempo. Nunca debí dejarte ir si aún teníamos arrugadas las manos y mil aviones de papel en los pies. Lo comprendí ahí cuando me vi ojo a ojo, haciéndome helar hasta las pestañas antes de salir corriendo y detenerme frente a la puerta del jardín para esperarme y no querer mirarme de nuevo. Alcé mi vista a las flores rojas sabiendo que ya era otra que no fui en el final de mi propia sombra; y volví a decidir correr de mi misma sabiendo que nadie podría detenerme. Sólo yo misma. Por eso me quedé a la deriva esperando, sabiendo ya dónde encontrarme para detenerme. Mi cuerpo se quedó pegado a la pared lateral de la casa sabiendo que mi otra-yo me estaría buscándome en el otro extremo. Mi vista era una nube de agua creciente de mis pulmones en los ojos. Pasado un tiempo caminé hasta el balcón y subí las escaleras justo cuando la puerta se estaba cerrando. La abrí poco a poco y me escondí para observarme a mí misma mirarme en la cocina en busca del avión de papel azul. Y cuando la segunda-yo se fue a perseguirme debajo del flamboyán, me quedé mirando a la que se quedó en la cocina. La que no sabía nada de este día. Observaba como yo miraba al pequeño. No sabía que mi rostro era tan triste al mirarlo y que le regalaba a su memoria sonrisas tan falsas como los pasados días. Cuando el pequeño tiró el avión azul de papel por alguna extraña razón tuve la esperanza de que volaría. Pero volvió a caer y mi rostro lo sabía. Mis dos rostros lo sabían. Uno más consciente que el otro. Supe entonces que fue ese avión de papel la razón de porqué comencé esa carta el veinticuatro de junio y que tal vez sea ese avión de papel la razón de mis fantasmas. Pues sigo siendo como ese doblez mal calculado de las esquinas de este cuerpo empapelado por tus recuerdos, Augusto. Pero no diré más al respecto. Aunque me dio lastima verme caminar hasta el cuarto para escribirte y luego encontrarme en el pasillo nuevamente; como otro punto que conecta los segmentos creado por ambas puertas. Fui mi propia tercera vez. Y pensé muy tarde que debí decirme más de una sola palabra. Un “no” a veces no basta. Luego me despedí de aquellas que pisaban los aviones de papel que nos definen, y cuando la puerta del jardín se cerró de nuevo y comprendí mi soledad, volví al cuarto.

Me quedé con la única esperanza de mañana ser distinta aunque el día siga siendo el mismo.

 

 

 

 

 

24 de junio de 1961

 

 

Sobre lo que me escribiste, creo que sí, podré pasar el mes que viene sin problemas. Perdona por no haberte contestado a tiempo, hoy por fin aproveché el momento para escribirte. Ha sido una semana muy larga. No he tenido el tiempo…

 

 

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