de Alejandra Rosa

 

La energía de una flor no merece desvanecerse en un jarrón sobrio. Por eso, cada sábado en la noche, tildaba mis botellas de vino de floreros. Adornaba mis recipientes de cristal verde olivo con flores naturales. Escoger un florero no es poca proeza, es decidir dónde fallecerán las plantas que han comenzado a perder su vitalidad, desde antes de llegar a nuestras manos.

Las flores las compraba debajo de una carpa blanca, al dueño de una compañía familiar, al margen de una carretera curvea, en Hato Rey. Caminaba nueve pasos cada mañana hasta toparme con el primero de diecisiete baldes blancos repletos de flores, hacedores de suspiros. Pasearse entre ellos era embelesarse. Les contemplaba, como se contempla a quien inspira sonrisas. Alegraban la ciudad. Pompones perlas. Rosas naranjas. Girasoles calabazas. Margaritas soles. Lirios blancos.

El cabello canoso me recitaba el origen de las flores que vendía. Sugería combinaciones. Las nombraba con una ternura que intrigaba. A veces, le preguntaba detalles sobre las plantas, aunque supiera las respuestas. Quizás, escuchar a alguien hablar con precisión sobre un tema, me parecía un abrazo tan genuino como el que me daban aquellos diecisiete baldes de flores luz, mientras me paseaba entre ellos.

Me las entregaba envueltas en plástico. Qué mala costumbre, esa de envolver las flores en plástico. A las flores hay que dejarlas ser. Hay que dejarlas recostarse en los brazos de uno sin poner de por medio papeles transparentes que suman ruido y restan autenticidad.

Al llegar a mi alcoba, deshacía el retazo de plástico que caso asfixiaba al ramillete en un abrazo. Justo cuando comenzaba a destrozarlo, emanaba del plástico un chillido que parecía salir desde sus entrañas. Un dolor justificado. Quién no se queja, después de todo, al ser destrozado y separado de beldades.

Sábado tras sábado, como en un ritual, destrenzaba las flores con sutileza, con respeto por sus tallos cruzados. A veces, sintiendo algo de egoísmo en la gesta. Entrelazadas me alimentaban la vista y quizás no merecían el aislamiento. Igual, las ubicaba en rincones distintos. Algunas en la cocina, otras en mi habitación. La costumbre, tantas veces más poderosa que el presentimiento.

Aquellos días, la energía que habitaba las flores se marchaba con la misma lentitud que flotaban las hojas en el aire hasta caer sobre la pila de libros que aún adorna mi escritorio. Entonces, solo quedaban faldas de pétalos secos, pendiendo de tallos olivos. Eran pétalos fuentes también. Presenciaban mis trazos. Colegas de días claros y de penumbras aguadas. Bastaría adentrarse en sus memorias para entenderme. Quizás.

Un domingo, hallé desvanecidos los ramilletes de pompones que había comprado el día anterior. En doce horas, habían perdido su luz. Su vitalidad. Cuánta desesperanza en un tarro improvisado. Aún no entiendo con certeza por qué y, aunque eso de no entenderse tiene algo de magia, a veces quisiera saber por qué no extraño las visitas sabatinas a la carpa de baldes hacedores de suspiros. Los lazos de fragancias. La alegría de una flor desvestida. La felicidad de alimentar la vista con ramilletes vivos.

Quizás les perdí la fe. Quizás se me revelaron como pruebas de lo efímero, y prefiero lo contrario. Quizás, desde ellas, desconfío de la eternidad y sus misterios. Ahora compro flores de plástico, tal vez en un intento por ignorar el pasar del tiempo. Predecibles. Estáticas. Puestas y ya. Aburridas, sí, pero confiables.

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