Por Raquel Salas Rivera
yo soy poeta arrancado
de donde crece el mangó.
y antes de morirme quiero
ver a aquel que me cegó.
yo vengo de todas partes,
pero a mi pueblo yo voy.
hambre soy entre las hambres,
el hambre de donde soy.
yo sé los nombres extraños
de hombres que no nos quieren
y que, por mortales años,
espero y no vienen.
llover sobre mi cabeza,
siento en la noche clara;
luces en ciudad oscura,
estrellas liberadas.
alas vi nacer en los hombros
de amigos tan hermosos
que andan entre nosotros
sin más susto a los odios.
he visto surgir un hombre
de entre balas reunidas,
y he visto morir un hombre
que amó toda la vida.
rápido como el miedo,
dos veces vi el alma, dos,
cuando gritamos los fieros,
cuando perdimos la voz.
temblé una vez en la cama,
el día en la ventana,
cuando la bárbara vela
quemó su piel amada.
gocé una vez, en la calle,
al ver mis versos volar,
pues supe que no hay quien calle
la voz que puede migrar.
oigo un ladrar, a través
de rejas y oscuridad,
y no, no son ladridos, es
testigo de la maldad.
si dicen que de mi patio
tome la fruta mejor,
agarro el limón más agrio,
no la que me dio el amor.
yo he visto el techo herido
volar a azul sereno,
y hombre morirse en el frío,
buscando techo nuevo.
yo sé bien cuando el mundo
se cansa de sí mismo,
porque ya es muy tarde cuando
va a enfrentarse al fascismo.
yo he puesto mi pecho armado
de furor y tristeza
sobre aquel beso pesado
que baja la cabeza.
en una cáscara dura,
hoy envaino mis penas
porque un pueblo que no llora
recorre por mis venas.
todo es hermoso y violento,
todo se angustia por pan,
y todo, como la tierra,
antes que isla es volcán.
yo sé que el listo se canta
filántropo y artista,
pero deja tras de su obra
la pobreza y conquista.
callo, no entiendo, y me voy
sin hacerme la fuerte.
cuelgo mi futuro por hoy
lejos de tanta muerte.
