De “Con los ojos abiertos” (inédito)

[fragmentos]

Por Alejandro Medina

 

vivo de noche porque escribo della, y escribo de noche porque vivo, porque siempre he sabido estar buscándome el altar de alguna profecía, mirando hacia el futuro en el que insisto, en un allá palabra para eso, hasta llegar a él para inventarlo. pero me pasa que las ganas de escribir me sobran, y pasan solas –las ganas– como si a veces no tuviese nada que decir. por eso, todas las veces que me pasa que tengo ganas de escribir, me pongo a palabrar palabras. déjolas al aire en el silencio, solas, como imagen, la evidencia de que estuvo algo reclamando, para que así se cumpla en lo que escribo lo propuesto. y puede que eso sea lo que tenga que estar pasando por ahora: decir las cosas, dejarlas por escrito a ser sin repartir su espejo en lo deforme, para después saberlas florecer paloma palabrando pétalos al otro. y por eso aspiro a su recinto, por eso pego con la sigla insulfo el imperio pleno de la imagen, no vaya a ser que este correcto y esto sea y me las trague y a alguien sirvan para algo. porque aunque puede ser irrelevante lo que escriba, puede que pueda levantar un astro aglomerando imanes, como un juego que yo registre en otro hueco imperceptible, que luego otro pueda descubrir en el residuo que trastrueque el tiempo, y cambie el miembro por la flor que al cabo le fecunda, porque atisbe la ballena breve de lo verde en la verdá que ausculto como todos, en el verbo inmóvil de la brisa fría, cuando acaba de llover, frente a los nombres.

quién sabe si descubro en la fronda de los robles el aplomo con quel hierro inunda las espadas, en ese ruido peligroso de un acento, en el arnés que fija la escritura que salva al alpinista, en la terrible anunciación de un ‘pero’, aunque yo marchite hermético en un cofre, o mueran de repente las iguanas. o tal vez se quede el alcanfor oloroso diciendo esferas como un brete al trote en el calor sincero que se plasma, en la sencilla manía, en la libreta, en la escritura de un mueble cómodo a la tarde. por eso persigo así lo que no tiene parte, y espero y lo coloco, lo miro por si acaso brilla, lo presiento, lo abastezco haciéndolo crecer en ramas como el fruto, y predispongo la razón y le propongo azúcar a lo amargo, o concorde crece lo propago, pues supongo quel decir se queda si lo pego inquieto al ancla de la sangre, en el rito mortal que actúa desde el cuerpo, impulsándolo a la víscera en un antro, si me extiendo al filamento a derrotar la nada, a cubrirla, a consumirla en sí, a derrocarla, a serla en ella el vivo fuego de la luz, a que mi rama queme, y a quel capullo alumbre la desdicha, porque el texto siempre me conduce hacia la vía franca y poderosa como un compás entre la noche, para ser la cumbre desde allí y nacer de la raíz al aire, porque infiero el peso de sus algas, de su energúmeno de sal, que es ya mácula que riza porque pone ya tormento en el salitre y tumba si macula la tundra que me deja el ala por el pozo puesto hacia lo vasto, si le pido al mar mi sueño el aposento, o me lo pido para mí morándola en el trillo de un cepo en donde van los toros a morir, a ser la historia de la carne si la flor se moja en el abismo, porque al vínculo lo impulsa la razón, y acontecido triste en el trapecio rota su volumen, para que así se diga cuando emane rutas de la nada, porque aspiro, ya dije, a derrotarla, y porque es posible ir de uno a las palabras, para que cada uno se suceda al infinito, consigo mismo, tras de sí, hasta exhumar el musgo en el desate, porque toda la voz exige deshacer la carne de los cabos, que son el hilo conductor al que podríamos llegar al descubrir una distancia, el germen de la larva repetida en el abismo, la frontera de un torrente desde el trueno, la potencia de aquella imagen pronunciable, en lo breve de la voz, hacia lo otro que se sabe en tolerancia viva como un prisma.

pues podríamos aparecer en las palabras que se están nombrando – o desaparecer en ellas –; podríamos decir la magia, o dictarla, hasta serla yo para que tú la veas, para que tú la sientas yéndote al canal para el tamaño en tus dos caras, como dos cerrojos y dos llaves, abandonándote en la noche al traspasar del día al horizonte, al haber urdido el terciopelo alado en que brillaban puras las estrellas, porque se hará la lama en un matiz de púrpura y de rosa, y porque el volumen deja como un rastro, un enorme verso de papel y un astrologo lo lee, leyéndolo de nuevo sin amarras, desplegando sus intenciones en los pliegues del guardado baúl en el armario ocioso yendo a vestiduras por salir afuera, queriendo saborear la poma de los vientos, no como un rifle de hambre, no como balas de sed que escalan la violencia en busca de la carne, por un tubo en la explosión seguida de la sangre, hacia el gemido terrible de quien sufre, herido, sin el pudor de los ojos que las miren obrar en la injusticia, sino como el que sabe mirar en la muerte lo posible, en los pliegues de la muerte derrotante y salvadora, venir nuevos como vulvas horribles y mamables, en el sexo más hondo, a donde iremos a morir, a lo soluto de un polvo como el sabor a miel en las esporas, como el sabor de bebidas en épocas de infante en horas de recreo, a dar los besos primerizos a hurtadillas, como augurio futuro de los panes, la semilla de lo que puede ser un líquido potable, en lo posible de un libro leído sin freno en la penumbra

 

porque puede haber un ojo lleno de sepulcros,

y puede haber un hueco todavía

como una espada entre los ojos

que nazca pura desde un trueno, o de los huesos

abriendo el cerrojo de las tumbas

de los muertos en los que habita la lombriz,

o el hombre vestido de mareas

de noble gesto acrecentado por los años,

sólo atiborrado de claveles astutos

que suenan las campanas invisible

por los pasos que pasan detenidos,

definidos en la roca, en la cara del erizo,

en esas alas a la altura de la vida,

en la azucena mortal de lo visible

del pulcro paladar de las estrellas

en el cosmos erecto de la noche

repleta de algodón mullido y almohadas

para ver si la torre emana de la ira

encendida inmóvil enfrente de mis ojos

poblados de azucenas, llenos de sepulcros.

 

 

** **

 

la voz del fundamento vuelve

en el principio a dar la pomarrosa

a resurgir del bien en las fontanas

en la razón que hallase el infeliz,

el maniatado hastiado por la sed

para el olimpo en faz de lo existente

sin regodeo estéril y podrido,

para mirar rotar la cantimplora

al querer urdir las estrategias

del centro en las noches divagando

sin dejar al fuero errar la cabalgata

en donde vez la cara y la raíz

de lo que fuiste tú dentre los otros,

para que puedas caminar al fin

sin contratiempos, pesadamente

al filo del espejo ahora bajo el sol

querido, hasta ilustrar la fruta

y eludir los males, las arañas,

las verídicas prisiones, los barrotes

de la pared ya sucia y maloliente,

escuchando la sólida palabra

de la voz del viento como un vientre

que vibra envuelto afable mecedora

de lo enorme en el ala de un cuerpo

cuando viene y propone lo que funda.

 

 

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s