Por Naru Bonilla

 

Fue durante una tarde gris y calurosa de octubre que Nina guardó los primeros mosquitos. Ya había pasado más de un mes del huracán; pero ella sentía que habían transcurrido solo días. Le dolían la espalda, los brazos y las piernas por pasar horas cargando baldes de agua desde los manantiales. Lo hacía con la fuerza de su corazón taíno porque el cuerpo no le daba para más. Llenaba dos drones grandes y al terminar les vertía cloro y removía el agua con un palo. Ese último paso era muy importante porque nadie quería que los mosquitos siguieran reproduciéndose. Nina les declaró la guerra desde los primeros días del desastre. Volteó todos los envases con agua, echó cloro en los que debían guardarse y se untaba repelente para mosquitos una vez al día para rendirlo. Allí, en ese monte remoto, sin agua, sin luz y sin esperanzas, Nina esperaba el final de aquello; pero con la certeza de que podría no acabar pronto.

Algunos días, lo único que la entretenía eran las visitas de Martina. Llegó a la sala unos días después del huracán y se quedó allí porque quería comerse a las moscas que paseaban impunes por el suelo. Al padre de Nina y a ella no les molestó la presencia de la lagartija, al contrario, la recibieron con todo el júbilo que podían tener dos personas aburridas y fastidiadas por las moscas y los mosquitos. Era entretenido verla cazar los insectos, solo que a veces se aburrían de esperar que Martina diera un paso para atrapar una mosca. Su técnica de cazar era muy sencilla; o se quedaba inmóvil o corría muy rápido. Nina estaba convencida de que no le funcionaba ninguna y por eso celebraba cada vez que Martina atrapaba a una mosca despistada.

Una tarde, mientras Nina pensaba en un amor no correspondido, notó que Martina estaba muy cerca de sus pies. Ella estaba agobiada intentado pensar en el hombre que debía estar soportando la falta de agua y de luz en otros brazos a la misma vez que espantaba los mosquitos que le picaban las piernas. El coraje le emanaba por la piel; pero trató de calmarse para no asustar a su amiga. Acababa de imaginar una casa pequeña en el centro del pueblo, con ventanas de cristal y un jardín de rosas blancas y amarillas cuando sintió un puntito frío en un pie y al mirar al suelo vio a Martina correr al mismo tiempo que saboreaba un mosquito. Nina sonrió. Agradeció el atrevimiento de comerse el insecto que la estaba picando y le dio permiso para que lo hiciera siempre que lo creyera posible. La lagartija pareció entender porque desde entonces no se alejaba mucho de los pies de Nina y de su padre.

Cada día que pasaba la cantidad de moscas y mosquitos se triplicaba. Los padres de Nina compraron mosquiteros para poder dormir. Eso ayudó mucho; pero de vez en cuando lograba entrar alguno y solo era visible en la mañana cuando ya no podía volar por lo harto que estaba. Una mañana bonita, de esas que te obligan a salir al patio, oler las flores y mirar el sol, la madre de Nina llegó del pueblo con dos raquetas para electrocutar insectos. Usarlas era sencillo: se le colocaban las baterías y luego la raqueta se movía hacia donde estaban los mosquitos con movimientos suaves y rápidos, al quedar atrapados explotaban por una ligera carga eléctrica. Los más grandes hacían mucho ruido al explotar y soltaban un humo con olor a carbón quemado. Nina mataba los mosquitos con un gusto espeluznante. Aun así, los tres terminaron por aceptar que había cientos de moscas y mosquitos, que la luz tardaría mucho más en llegar, que tenían suerte de tener los manantiales, aunque se le reventaran las espaldas por cargar agua en baldes y que Martina no era muy buena cazando moscas. Así se cumplió el mes y los días siguieron corriendo porque el huracán había detenido todo menos el paso del tiempo.

Para Nina los días se repetían sin control y daba lo mismo vivir un lunes que un sábado. Todos los días buscaba agua, lavaba ropa, alimentaba a las aves que llegaban en la mañana y en la tarde, hablaba con la vecina y se sentaba en el banquito del patio a soñar. No había Internet ni señal en los celulares así que poco a poco se le fue olvidando como sonaban al entrar una llamada o lo que sentía al hablar con otras personas. Vivía sin hora, solo se dejaba llevar por la posición del sol y el canto de las aves; pero cuando la vecina consiguió un generador eléctrico Nina siempre sabía el momento justo cuando el reloj marcaba las seis de la tarde. Por eso Martina era un alivio. A veces le hablaba y le contaba sobre sus tristezas y para que la lagartija no se desilusionara le daba los mosquitos que se quedaban atrapados en la raqueta.

Una noche sin estrellas Nina escuchó un ruido y corrió al patio. La luz de la luna bastaba para iluminar todo y ella pudo ver a lo lejos unas luces que se acercaban con un ruido ensordecedor. Entonces comprendió que el municipio estaba fumigando su sector y en lugar de esconderse llamó al padre para que también mirara. Ambos se sentaron a esperar en el banquito y vieron pasar la guagua que dejaba tras de sí un chorro de los químicos que prometían acabar con la pesadilla alada. Lo vieron pasar por la calle principal sin entrar en la suya y se sintieron más lejos del mundo; como si vivieran en la esquina más lejana del planeta a donde solo podían llegar sin perderse los cobradores de deudas y los desastres naturales.

No sirvió de mucho que pasaron fumigando. Los mosquitos seguían atormentando a Nina y alimentando a Martina. La resignación llegó para quedarse y entre la joven y la lagartija hicieron un pacto de amistad. Todo seguía igual porque ambos debían sobrevivir una comiendo moscas y mosquitos y la otra, latas de atún y raciones militares. Una mañana Nina volvió a llamar al padre, pero esa vez solo quería que viera el ave más elegante y altiva que ella había visto. Le pareció que tenía una altivez hermosa y solo supo que era un pequeño falcón cuando se lo dijo el padre. Ella se quedó mirándolo durante un rato, pero no sintió el miedo que le provocaban los guaraguaos así que sonrió tranquila porque entonces llegarían más aves y tal vez con suerte, vería una lechuza. Eran sus alegrías por aquellos días porque a los que vivían en el monte no les quedaba de otra que maravillarse con la naturaleza o guindarse del techo como hizo un hombre varios meses después de mudarse porque no soportaba el canto de los gallos al amanecer. Nina amaba el campo, así que en cada destello del sol o el aroma de las flores ella encontraba la clave para la felicidad. Por eso una tarde gris y calurosa Nina guardó en una hoja de papel doblado los primeros mosquitos para Martina. La esperó emocionada, pero esa tarde la lagartija no llegó. Nina siguió guardando los mosquitos para dárselos a la mañana siguiente cuando Martina llegara a desayunar.

Martina no volvió. Pasaron dos días de espera durante los cuales Nina siguió guardando los insectos que electrocutaba. Nadie la había visto y a ella se le acabaron las sonrisas fugaces. ¿Dónde estaba Martina que no había ido a comer? El padre también la esperaba mientras la esposa trataba de calmarlos. “Los animales son así” les decía, “ya volverá”. Martina no volvió y agobiada de tanto esperar Nina se paró frente a la puerta y entonces recordó al falcón y que ellos se comían los lagartijos.

 

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