Por Zahaira Cruz Aponte

 

Siento el cuerpo aún quemado. Me arde la piel. Casi lloro. Levanto la camisa y me miro en el espejo: todo mi abdomen y espalda representan las áreas más perjudicadas. Veo las zonas en mi carne viva con mucha sangre. Mi madre me grita: “¡La sangre aumenta!”.   Era la más afectada de todos. Los otros miembros de mi familia estaban casi intactos, salvo por la inhalación de humo que inevitablemente todos sufrimos.

La familia dormía en sus respectivos cuartos de la casa. No podría precisar en qué momento comenzó el fuego. Para mí era como el final del mundo porque no escuchaba ningún ruido. Mi percepción se concentraba en lo que vislumbraba. La mitad del hogar estaba destruida y el balcón, ya había perdido el techo.

Cuando sentí las llamas, traté de salir al balcón. No pude ir más lejos porque el fuego obstruía el área de la salida. Todo era gris y el incendio se desataba con más furia en algunas áreas. Regresé al cuarto donde dormía mi madre y le exclamé: “¡Recoge, recoge! ¡Hay fuego!”.  Nadie me hacía caso. ¡Todos estaban tan calmados como si no pasara nada! Mi hermano mayor tampoco quiso despertar de inmediato. En las habitaciones era menor la proporción del fuego, pero por precaución todos debíamos salir. Fue el instante en que vestí ligeramente un pantalón mahón negro largo y partí a conseguir un camino por dónde pudiéramos lograr estar a salvo. Debió ser el momento en que sufrí las quemaduras.

Al regresar a la habitación donde se hallaba mi madre, mi abdomen y espalda lucían ensangrentados y las quemaduras comenzaban a molestarme. Allí, además, permanecía la perrita Tinky que lucía afectada, sin saber qué hacer. Como nadie despertaba, intenté calmar el fuego por mí misma. Primero, traté de apaciguarlo en las áreas del piso en el cuarto de mi mamá. Este, era uno de los lugares que permanecía en llamas. Luego, en el balcón. Ningún empeño parecía responder al esfuerzo por aplacarlo. Lanzaba objetos al techo de cinc del mirador, lugar donde el fuego se mostraba más agresivo. Al hacerlo, se reproducían las llamas y entonces no sabía cómo reaccionar.

Retorné a mi cuarto y divisé los objetos que quería salvar. Entre ellos, consideré mi bulto de la universidad y desconozco la razón por la cual sentí la necesidad de cargar conmigo, no solo la mochila del semestre actual, sino la mochila amarilla del semestre universitario anterior. Algo importante cargaría… Ojeé la cámara digital roja sobre la cama, la cual había dejado cargando la noche anterior. Pensé dejarla, pues solo deseaba llevar lo esencial para mí y creía que posteriormente, podría regresar sobre los elementos no dañados. No obstante, aunque la cámara fotográfica era solo un detalle, dije para mí misma: ‘‘Si la dejo aquí, alguien, algún bombero o investigador, se la llevará cuando termine todo esto’’.

Durante todo este tiempo, consideraba que manejaría la situación, pero a la vez, muchos de mis esfuerzos solo provocaron que el fuego incrementara. Desistí de sacudir abruptamente telas en el balcón, queriendo apagarlo. De pronto, identifiqué a alguien o algo. Era mi tío quien había fallecido meses atrás. Mi tío salía de la habitación de mi hermano, vistiendo una camisa verde. Le exigí: “¡Tú que estás muerto, ayúdame con esto! ¡Dile al menos a Dios que me ayude!”.  Mi tío fallecido, pero en aquel momento visible, reaccionó aturdido y lo vi alejarse hacia el mirador, sin contestarme.

Minutos breves. Silencio.  Pronto, el fuego estaba calmado, aunque de esta forma, la percepción del desastre era más visible. Observé todo el balcón. Ya no tendríamos balcón y la verja lucía a la mitad. Dominaba lo impar, lo descontinuado, lo destruido. Todo era gris oscuro. Quise llamar a los bomberos ya que con todo lo que viví, solo me había concentrado en detener el incendio, sin darles un aviso. Mi creencia era que los vecinos marcan a los bomberos durante un fuego en un hogar. “Mis vecinos se portaron mal”, pensé.

Entonces, una vez concluido el fuego, la residente de la casa del lado gritó: “por el ruido, por el ruido”, como en festejo de lo que había ocurrido. Lo interesante es que ya casi había olvidado el rostro de la vecina, quien había muerto hacía unos tres años.

El fuego cesó. Mientras tanto, quedé solitaria, confundida, desconcertada, observando lo perdido a todos lados.

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