Por Taysha N. Ramos Báez

El dolor confrontado y expuesto en Salvahuidas (2013) de Carmen R. Marín.

Hay dolores que se quedan cortos al nombrarlos “diez”; estos dolores pasan de números a papel para describirlos: a literatura. Pasan a la literatura más aún cuando el dolor todavía es considerado un tabú en nuestra sociedad, siendo uno de los pocos espacios seguros donde se pueda hablar sobre el mismo. Escribir un poemario completo sobre esto entonces es cierta rebeldía, y más que nada, terapia, que no solamente ayuda al autor, sino también al lector. Para ir a más profundidad sobre esto, Carmen R. Marín, autora de Salvahuidas (2013), y Amarilis Tavárez Vales, autora de Realid(h)ades (2006), fueron entrevistadas sobre sus respectivas obras.

El poemario Salvahuidas es un viaje íntimo en el tiempo a los momentos más vulnerables y dolorosos de la autora. Nace de la desesperanza de la poeta y la motivó a buscar un espacio seguro donde podía sanar y expresarse. Encuentra este lugar en talleres de escritura y en oídos dispuestos a escuchar y entender. Carmen R. Marín hace un llamado a la sanación por medio del arte y exhorta a implementar esta herramienta en nuestro sistema actual puertorriqueño, ya que es algo que muchos necesitan.

Espero a Carmen Marín en el Bistro-café de la popular Libros AC, situada en Santurce, un refugio para lectores, autores y amantes del café. Llega con una gran sonrisa y un espíritu pegajoso, muy entusiasmada a todas las preguntas que le hago.

Inicio la entrevista preguntándole cómo nació el nombre del poemario. El título de este surge, como dice, “aquí mismo en Libros AC.” Ella se encontraba con Ángel Antonio Ruiz, su editor, y estaban jugando con las palabras, hasta que salió el título: “salvahuidas”. Este título provoca una imagen: la salvación que viene de huir. “Ambos coincidimos que tenía que haber una imagen que, precisamente, sale en la portada del libro, que uno está hundiéndose, pero sale a flote.” No sabemos si esta imagen representa la voz en su búsqueda para la salvación, y tampoco sabemos, como dice Carmen Marín, si la sujeta fotografiada está hundiéndose o si está tratando de volver a la superficie.

El trasfondo de Salvahuidas proviene, como comentó la autora, de unos talleres que cogió, llamado “La literatura confesional”, dirigida por Mairym Cruz Bernal. “En ese momento de mi vida,” contó la escritora, “yo estaba pasando por muchas salas de tribunales, a causa de una relación abusiva, y resulta ser que, es de estos talleres que surge mucho de los poemas del poemario.” Otros escritos que aportaron a su obra surgieron por un certamen de poesía de Caguas, donde la poeta participó.

Comenta que cuando escribe, más que nada, juega. Desde chiquita, la poeta participaba en certámenes de escritura, los cuales ganaba. Como maestra de español, es estricta en su labor, pero cuando escribe, es su espacio para jugar. Al preguntarle la razón por la cual el poemario está escrito en minúsculas, dijo que lo hizo “por aquello de jugar. Como maestra de español, si un estudiante me entregase un trabajo todo en minúsculas, ¡tendría F!” Se ríe. “Pero en la poesía, es permitido.”

Se puede ver su desempeño como maestra y su deseo por jugar, en los poemas “diccionario de palabras inescrutables”, “diccionario de palabras inescrutables II” y “decálogo para desmandados II”, ya que son poemas en donde da sus propias definiciones sobre las palabras muerte, tristeza y felicidad. “En esos poemas, lo que quise era jugar nuevamente.”  Pero no todo es juego en su poemario.

Le pedí a la autora que, de acuerdo con la escala del dolor, le pusiera un número a su poemario. Del uno al diez, le asignó un once. Al pedirle que haga lo mismo con un poema de su texto, nombró “ha lugar” como diez. “Este poema surge del taller de Literatura confesional.” Me cuenta una anécdota sobre el mismo. “Un día, estábamos en la casa de Mayrim en el taller, y de repente, suena la alarma de fuego. Salimos todos de su casa, y decidimos ir a La Ventana al Mar y tuvimos un tipo de picnic mientras leíamos nuestros poemas.”

“Yo iba a leer ‘ha lugar’”, continua “un poema que trabajé, en ese momento, como hace dos años, que trataba sobre las visitas que hice a salas de tribunales y cuarteles de policía, por una relación tóxica en la cual estuve. Cuando intenté leerlo, no me salían las palabras, solo gemidos. No podía hablar”, confesó la poeta. “La emoción que experimenté cuando leí ‘ha lugar’ al frente de mi grupo de taller fue la misma que sentí cuando testifiqué en contra de alguien que amaba muchísimo en ese momento.”

En cuestión del formato de poemario, la escritora dice que su editor y ella decidieron que “en la primera parte del poemario, iba a haber esta relación entre la voz poética y las palabras.” El centro sería la voz mirando su interior: su dolor. “Solamente cuando la voz sobrepasa ese dolor individual, es que puede mirar alrededor y entonces ocuparse del dolor de otro.”

Como anteriormente dicho, el poemario inicia hablando del dolor de la voz y termina examinando el dolor de su entorno: el dolor de la situación actual del puertorriqueño, visto en los poemas “el día de la implosión” y “salto sincronizado”. Al preguntarle a la poeta si la escritura pudiera remediar el dolor que sentimos en nuestra actualidad, ella concuerda. “Pienso que sí, pienso que lo que necesitamos es enseñarle a la gente desde chiquitos que existe el arte para sobrevivir, porque siempre va a haber sufrimiento. El arte es lo que nos hace humanos. Eso es lo que nos eleva. Lo ideal sería meter eso a la cabeza e implementarlo en nuestro sistema.”

Le pregunto a la escritora si piensa que es difícil hablar sobre el dolor; ella difiere conmigo. “Yo pienso que, en nuestra cultura, en Puerto Rico, se habla del dolor de lo más bien. Siento que hasta hacemos competencias del dolor. Incluso, los medios de comunicación han explotado eso. Pienso que no es difícil hablar del dolor, en general, pero sí cuestionar si el dolor del cual hablamos es real. Debe entonces ser lo que no se dice lo que duele de verdad.”

Cuando le pregunto qué quisiera lograr con su escritura, me confiesa que, realmente, no quisiera lograr nada. En aquel momento tumultuoso de su vida de visitas a tribunales y a los cuarteles de policía, me dice que realmente, “buscaba algo para mí”, y la ayudó muchísimo en ese proceso. “Fue una terapia paralela a la que tenía a mi psicólogo.” Si no hubiera tenido la ayuda de sus terapias y del taller, piensa que no hubiese podido sobrevivir ese momento de su vida. “Lo más que buscaría de un público es el goce estético, que alguien pueda decir: ‘¡Wow, me encantó eso!’” Además de eso, comenta, es puramente egoísta.

El dolor confrontado y expuesto en Realid(h)ades de Amarilis Tavárez Vales

El poemario Realid(h)ades es una exploración del cuerpo y un rescate a la mujer oprimida por una sociedad regida por papeles de géneros. La autora ha sido víctima de esta opresión anteriormente, y se libera de las cadenas de las expectativas que le imponen aceptando el título que le han dado: “loca”. Este título la distingue de los demás, ya que le da una definición distinta: “loca” no porque es inestable o rechazada, “loca” porque es genuina y diferente en una sociedad donde todo es uniforme. Amarilis Tavárez Vales se revela contra de la sociedad para salvarse y salvar al sinnúmero de mujeres que han pasado por lo mismo con su poemario, lo cual se convierte en su grito de rebeldía.

Logré conseguir a Amarilis Tavárez Vales por correo electrónico. Hasta en el email recibido, conteniendo su respuesta, puedo notar que es poeta porque habla con contradicciones; me fascina. Intercambiamos varios emails hasta realizar la entrevista.

Amarilis cuenta en el correo electrónico que su poemario surge “por accidente.” Nace por el colectivo El Sótano 00931 y por casualidad, fue permitido para publicación. Julio Cesar Pol y Carlos Vázquez fueron muy influyentes en el proceso, ya que la impulsaron a crear su escrito. Los poemas compilados en el poemario fueron poemas ya trabajados. La poeta entonces los escogió e hizo una conceptualización para que todos tuvieran relevancia y sentido.

El título del poemario originalmente iba a ser “realidades”, pero Carlos Vázquez le sugirió añadir la -h.”. “Me dijo, ‘aquí plasmas la realidad de tu hades.’  Entonces el texto tuvo el título que prevaleció, Realid(h)ades.” La escritora explica que el significado del título se refiere “a los infiernos que todos tenemos… Ese hades que nos pesa y nos mueve de un punto a otro.” Señala que no es el infierno “bíblico” que todos sabemos, sino “en el concepto tan propio de nuestras culturas.”

Siendo esto así, la imagen que el título provoca se puede entender como los infiernos con los que vivimos, que son nuestras realidades. Hoy día, ya “madura, o más dura y menos creyente”, ve que los infiernos son lo opuesto “al aburrimiento, al yugo, a la sumisión…”.

La voz poética del poemario pasa por mucho dolor, causado por el rechazo de la sociedad (visto en los poemas “Memo”, “Me pides silencio” y “Confirmación”), ya que la misma no cumple con las expectativas de la sociedad, y la denominan “loca”. Al preguntarle a la poeta sobre el dolor, y si piensa que este puede unir a diferentes personas, dice que el dolor une, pero también puede separar. “Todas las manifestaciones o aquellos que nos toca internamente, en las emociones y los estados de ánimo encontrará apoyo o rechazo de personas.” dice la escritora.

Al escribir, la autora piensa que puede encontrar aliados, como también puede encontrar personas que estén en contra de lo que diga. “El dolor que tú ves, tal no es (el que) yo sentía, o el dolor, la soledad, rebeldía o locura que otros ven, no es lo que el poeta haya sentido… o tal vez sí.” Cuando un escritor publica su obra, como bien dice Amarilis Tavárez, “ya no es tuya”; ahora es del lector, que puede ser interpretado diferentemente a lo que el autor haya escrito. “Es como todo” añade la autora solemnemente. Concluye que el dolor “y otras emociones acerca a la gente, aunque sea diferente.”

En el poema “Precipitación” (como visto también en el poemario de Salvahuidas), podemos ver el sufrimiento de una tierra de dolor. Al preguntarle a la autora si es Puerto Rico, me confirma. La poeta dice que este poema surge “luego de enfrentar la violencia que seguía catapultándose en nuestro país, allá para los noventa.” La única manera que ella podía lidiar con esto era escribiendo. “Compartirlo en una lectura y tomando en cuenta los momentos que vivíamos, cumplía el propósito de señalar y denunciar.” Le pregunto si piensa que podemos remediar el dolor de Puerto Rico; confiesa que es una desesperanzada y piensa que realmente, no hay nada que podamos hacer para salvarnos, pero sí hace todo lo posible de ocuparse. “Lo hago desde mi balcón.” Desde hablar en contra de la violencia de géneros, hasta ser amiga de la tierra, trata de contribuir desde su espacio.

Al preguntarle cómo piensa que se debería manejar el dolor, no sabe decirme, pero sí piensa que debemos hacer “lo que sea que nos de herramientas para mantenernos en el camino (o salirse de este).” Ir a terapistas, psicólogos, consejeros, bartenders, etc.” No está de acuerdo en usar el dolor como una agenda y quisiera tener superpoderes para acabar con los causantes del dolor por maldad. “Todo el mundo que me conoce sabe que yo transformo mi dolor en rabia.” Dice que es lo que la mantiene de pie. “Frustra porque quisiera resolver las cosas de manera más crítica o cruda, pero me mantiene.” Me confiesa, además, que maneja su dolor sola, o si acaso, escribe en Facebook o en una libreta; después, camina.

Volviendo a la posición de la voz poética en la sociedad, le pregunto a Amarilis si ha sido víctima de una sociedad imponente en los papeles de género. Me dice que, irónicamente, aunque creció en una casa sumamente religiosa (protestantismo pentecostal), en su casa no había roles como tal; su padre y su madre se “intercambian papeles” a cada rato, y nunca le impusieron expectativas que debía cumplir. Realmente creció en una casa llena de mucho amor. “Fue cuando salí de casa que experimenté eso (la presión por su género)”; en la escuela y el trabajo. Por ejemplo, era imposible coger una clase de artes industriales, ya que la escuela esperaba que ella cogiera economía doméstica, o en el trabajo que tuvo a los dieciséis años, no la permitieron ser bagger, ya que las “mujeres eran cajeras.” “¡Y los baggers ganaban más por la propina!”

“Pienso que, en general, la mujer socialmente ha tenido estructuras y presiones fuertísimas… Particularmente, en el poemario me refiero a la mujer y esas construcciones o expectativas.” En el poema “Loca”, vemos la voz rescatándose y su “locura”, ya que lo que la sociedad denomina locura, es el ser genuino de la voz poética. Le pregunto si el término “loca” es una herramienta para liberarse de la sociedad, y me dice que “la utilización del término o sobrenombre de ‘loca’ ha sido utilizado para desacreditar y limitar a las personas.”, pero la autora defiende esto porque “esta locura es lo que me hace sentir viva, así de clichoso y superficial.” Admite que siempre fue visceral, apasionada con las cosas que quería y creía, que era también muy controversial, rabiosa, peleona, inventora y dificilita, pero aprendió que “(ser llamada “loca”) era (o es) la manera más efectiva de mermar la credibilidad de uno y la creatividad.”

Además de la locura, el cuerpo es otro tema recurrente en el poemario. Aunque esta imagen tiene cierta sensualidad, en este caso, simboliza la vulnerabilidad y la desnudez de la voz. Le pregunté a la poeta si se sentía desnuda cuando escribía (no en el sentido de vergüenza, sino en el de libertad). Me contesta que “solamente soy. Uno a veces de ‘desnuda’, otras tantas uno se viste, o se disfraza. El goce del cuerpo es otra cosa.” Añade que no quiere ser otra que escriba sobre el cuerpo sin cuidado o dedicación. Admite que “en Realid(h)ades no estaba tan clara con esto. Ahora a mis cuarenta y tres que lo estoy, casi no me atrevo a escribir sensualmente. Lo hago con gran cuidado y escondo el papel.”

 

Bibliografía:

Marín, Carmen R. Salvahuidas. Editorial Erizo, 2013.

Tavárez Vales, Amarilis. Realid(h)ades. Editorial Isla Negra, 2006.

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