de Alejandra Rosa

Hay gris en el aire. Se siente. Las grietas que fragmentan el suelo han comenzado a desbordarse. Cuatro minutos de gotas han tornado las fisuras del pavimento pedregoso en intentos de riachuelos. Solo uno parece cintillo, de esos que se atraviesan al final de las carreras, de esos que reciben a uno en las metas. Pretencioso, se ha formado justo en el centro de la Plaza Antonia. Quizás por alguna forma extraña del respeto, los andantes se detienen ante su corporalidad.

El tránsito no es vago. La llovizna es tenue, pero convoca. Desde el escalón que me sostiene pareciera que me hallo en una universidad de paraguas. Un colectivo de sombrillas traza rutas por nuestra plaza, en distintas velocidades. Se pasean con sus cuentos de colores, transparentes y de cortes coquetos. Parten, llegan, están; quién sabe.

Transita un alma sin sombrilla. Mirada al suelo. Ruta indefinida. Pareciera que ha olvidado hacia dónde se dirige. Quizás sea que no se dirige a ningún lugar. Quizás cruzar el cintillo ya es llegar. Quizás, escuchar el campaneo de la Torre, que acaba de comenzar, es destino suficiente en esta mañana de aire pesado.

Seis transeúntes contemplan al capricho de agua que yace, algo crecido, en la alfombra de piedrillas que compone la superficie. Lo piensan. Lo descifran. Hay un sinfín de alternativas para recorrer la plaza y otro sinfín para habitarla, pero la posibilidad de atravesar un cuerpo poco planificado algo tiene que atrapa.

Humedecerse no es poca cosa en estos días, pero aun así algunos buscan salvarse del agua. Tres bordean la cinta. Siete deciden saltarla; dos, emulando bailarines de ballet, y cinco, emanando la misma sutileza de un niño cuando juega con regalos de lluvias. Chispas grotescas.

A dos metros, pareciera que la ladera de agua burbujea. A dos pies, no son glóbulos de aire, sino de líquido. Gotas danzantes que caen con fuerza, desde las nubes que han hecho de esta mañana una gran sombra. Logran rutinas de nado sincronizado en escalas minúsculas. Provocan círculos dentro de círculos. Solo el agua permite este tipo de regodeos. Si no fuera por sus apariciones, tal vez quedaríamos condenados a andar en líneas rectas.

Caer desde el vacío con tal precisión no es poca proeza. Habría que contemplar su descenso desde otra forma extraña del respeto, pero ya nadie mira al cielo con gracia. Los ojos solo trascienden el horizonte para abrirle paso a súplicas o a reproches. Añoranzas de isleños en sequía.

Queda gris en el aire. Falta luz, sobra humedad y el sol parece mito. Quedan partículas de agua en los cristales de los faroles que guardan la plaza. Seis bombillos apagados, doce cálidos  y uno indeciso. Tan indeciso como la niña que acaba de tardarse ocho segundos en decidir si atravesar o no al intento de riachuelo que permanece aún en el suelo, sin haber sido tildado de <<charco>> por pura deferencia. Al agua la tratamos con respeto en estos tiempos.

El bombillo dudoso se distingue por su vaivén de luz. Árboles enredados y tallos con hojas acorazonadas le sirven de preámbulo. Alumbra alzado desde un farol verde cansado, verde desteñido, que permanece junto al banco que refugió a tres gatos negros hace ocho minutos, cuando el cielo comenzó a soltar escupitajos.

Prende cuando quiere, nunca con la intensidad que amerita esta plaza. A veces, se despierta con el acento fragmentado de un choque eléctrico, otras, con la suavidad de una pluma. Luz, impredecible al fin. Aparece y desaparece, como las hormigas que me han acompañado, en lapsos intermitentes, desde que me senté en este escalón, hace diecisiete minutos.

En esta mañana poco clara, desconfío más que nunca de los faroles que alumbran con tonalidades pálidas y no con lumbreras de color amarillo batata mameya. Quizás porque no me recuerdan las sopas de calabaza de la abuela. Esas que, en un plato hondo, disipan incertidumbres grisáceas. Esas que hacen sentir el aire más liviano, con un solo cucharón.

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